11.09.2010

Lulú

Lulú

Cánido supremo, morro hermoso y aristocrático, bola rosada de algodón, rizos de infinita belleza, ojos malignos que concentran la perversidad del mundo, andares delicados de pezuñas demoníacas, suaves pelajes aterciopelados, meloso objeto de deseo, voz aguda y vibrante, laberintos de luz de diamante, dientes traidores, máscara de porcelana, falsedad caramelizada, cresta ondeante al viento, carreras superficiales para una superficial existencia, recuerdo viviente de la decadencia, efímero esplendor privado, el sentido de su vida es su propia existencia.

Vive el momento, Lulú, pues criatura de presentes eres y para presentes has nacido. Deslumbra con tu fulgor, antes de que el paso del tiempo ponga fin a tu inabarcable juventud rosada, marchitando tu esencia.



Aclaración: La criatura en la imagen no es la forma perfecta del Lulú, pero se le aproxima.

10.19.2010

Cabeza Mediana.

Cabeza Mediana

A lo lejos, siempre a lo lejos desde que tiene memoria, se recorta en la lejanía el cerro contra la desdibujada falda de las montañas. De frente, orgulloso de existir, despuntando su torre en la cúspide a modo de diente de leche, solitario incisivo que reina en soledad. Hiciera frío o calor, lluvia o un sol mortífero permanecía impasible, dejando entrever sus misteriosos y apenas perceptibles caminos de tierra que ascienden serpenteantes hasta la cumbre rodeados por encinares salpicados de rocas graníticas. Siempre a lo lejos y siempre a la vista, salvo cuando nubes bajas de tormenta lo ocultaban abrazándole en un manto algodonoso. ¿Qué es aquello que se alza sobre la loma? ¿Qué significado tiene esa estructura que sólo con prismáticos se vislumbra? Hablaban los habitantes y en su ignorancia la creían torreón de la Reconquista o palomar, desde donde veloces aves llevaban mensajes de importancia capital sujetos a sus patas.

Pasaron años en esta situación, sin que se desvelara el misterio.

Hora es ya de encontrar la respuesta.

El camino comienza en la estación del Zoco, si es que dos paradas de autobús enfrentadas entre sí pueden considerarse estación. La hora es temprana y a pesar de eso recorren las calles mujeres sudamericanas portadoras de exuberantes cuerpos que descubren al sol con escasa ropa. También reflejan la luz los pañuelos blancos de las musulmanas, cubiertas como impone  su ley, en claro contraste con las anteriores. El Zoco sigue vivo a pesar del paso de los años. Se abandona para cruzar el puente que a su vez atraviesa la autopista siempre ruidosa, que no conoce el descanso. En la otra orilla vuelve la calma con las urbanizaciones de casas individuales, no chalés, personalizadas. Una de ellas protege sus entrañas con un alto muro coronado por vidrios rotos. ¿Habrá sentido una maligna satisfacción su propietario al colocarlos?

El camino asciende bajo un sol implacable, urbanizaciones a la izquierda, fincas a la derecha y al frente extrañas esculturas. Pasa cerca de la propiedad de los Maristas, aislada y poderosa, un pequeño El Escorial local. Muchos años han pasado desde la última vez que pudo andar libremente por dentro y tal vez nunca más pueda volver a hacerlo. Los religiosos siguen cuidando sus propiedades con el celo de antaño, a juzgar por lo frondoso de sus jardines.

Olvida el pasado y vuelve al camino que tanto le interesa recorrer. Este sigue subiendo hasta llegar a un gran espacio abierto con ganado vacuno pastando pacíficamente, prado que corre serio peligro de transformarse en una urbanización más de las que invaden la zona. A lo lejos divisa el cerro, más cercano pero aún así a considerable distancia. Por la vereda de una carretera secundaria alcanza la que será su última urbanización. Las casas se encuentran flanqueadas en uno de sus extremos por una chopera solitaria. Abandona la comodidad relativa del asfalto y se interna por sendas de tierra. La luz penetra por entre las ramas de los chopos guiándole. No ve a nadie y no quiere verlo, tan solo escucha sus pasos aplastando la tierra.

Terminada la chopera se encuentra de nuevo frente al cerro: cara a cara. Ahora le parece más escarpado que nunca. El camino en línea recta se encuentra bloqueado por una propiedad particular, pero afortunadamente existe una vereda que la rodea. Empieza tranquila, con fincas ganaderas por ambos lados, en donde pastaban dos equinos de hermosas crines cruelmente torturados por miríadas de moscas. Nada se puede hacer para aliviar su sufrimiento, del que en vano tratan de librarse agitando sus colas. Sigue con su misión ascendiendo por el camino, que comienza a volverse rocoso y empinado. Un ciclista se hubiera visto obligado a desmontar, de haberlo recorrido. Le obligan a ascender y asciende sin dificultad, cada vez más alto. Ruinas de antiguos establos salen a su encuentro, vencidas y colonizadas por las jaras. Medita en ellas sobre la futilidad de las cosas y continúa la senda, pues no es completamente dueño de su tiempo y la noche no debe hacer presa en él antes de llegar a su objetivo.

Las colinas que le rodean se empequeñecen, desvelando ocultas colonias encajadas en sus faldas. De repente, el sendero se interrumpe: una verja le impide el paso. Varios carteles avisan que en aquellos parajes se caza. No le importa y, haciendo caso omiso de la amenaza, atraviesa el obstáculo. El camino entonces se bifurca en dos, uno continúa plácidamente bordeando la ansiada colina y el otro la ataca ascendiendo hasta su mismo corazón. Toma sin dudar el segundo. Una empinadísima rampa es su primer desafío. Las piedras están sueltas y la tierra removida por el paso de maquinaria pesada. Los cantos ruedan al contacto con sus botas y sus pies se hunden y resbalan peligrosamente. La ascensión se hace lenta, onerosa e interminable. Se ayuda de su fiel palo, que es su único amigo en la empresa, para superar los obstáculos.

Una vez arriba, tras haber descansado, descubre que tan sólo ha recorrido una pendiente de las muchas que le aguardan. No hay vuelta atrás. Los árboles pasan de ser encinas a frondosos pinares. Recorre el sendero pegado a una verja de separación que limita ambos mundos: el universo de caminos de tierra arrasados por la maquinaria con el de arboledas asomándose a una planicie yerma abatida por el viento, donde los matorrales imponen su ley. Las piedras siguen resbalando a su paso, en una sucesión de rampas que se creen interminables. Llega fatigoso al final de cada una para descubrir con horror el principio de otra nueva. Los conejos le observan desde las alturas y corren a esconderse en cuanto está a distancia suficiente como para descubrirlos. Desde sus conejeras excavadas bajo firmes rocas graníticas, los lepóridos tienen una inmejorable panorámica del valle. Él también se percata de eso, observando en la lejanía la profusión de edificaciones humanas que pueblan la región, con sus tejados metálicos refulgiendo a los insinuantes rayos del sol vespertino. Muchos kilómetros más allá, en el lejano horizonte donde moran blancas nubes nacientes, reluce hasta hacer daño a la vista el agua de los embalses.

Se desvía del camino internándose en los pinares para disfrutar de los contrastes de luz y de su silencio sepulcral. Sobre el suelo ha caído una maldición en forma de acículas secas de un espesor inconmensurable, salpicadas de piñas. Desde una roca vislumbra el otro extremo de la sierra con su correspondiente pantano. Desde su posición tiene a la vista dos grandes masas de agua. Pero debe continuar. Como el camino se hace cada vez más impracticable, decide penetrar en la misteriosa finca de su izquierda por un agujero ya practicado y por el que seguramente se ponen a salvo los conejos cuando en esos parajes retumba la voz de las armas. Una vez en el páramo, continúa su peregrinar. Tiene que ascender en línea recta. Aún así, es difícil y dura las ascensión. Le llaman la atención unos restos de persianas desperdigadas por doquier. ¿Cuál es su origen? ¿Qué hacen allí? No lo sabe, no quiere saberlo.

Tras pasar el penúltimo repecho lo ve por primera vez en detalle. Aparece ostentosamente en la cumbre, grande, inmenso, cercano como nunca antes lo había estado, con su antena de señales erguida, totalmente restaurada. El telégrafo eléctrico le da la bienvenida a su modo. Una última cerca le impide el acceso. Continúa ascendiendo entre los matorrales hasta llegar a la verja y sus herramientas hacen contacto con el metal, violando sus formas. Los antaño sólidos alambres se doblan ante la fuerza de la verdad. Una vez que los obstáculos del hombre son historia, penetra en el recinto final, que se encuentra lleno de ganado vacuno, pastando tranquilo como es natural en su especie. Los animales le miran inquietos ante la figura que se alza por donde antes nadie había venido, pero son pacíficos y en su corazón no cabe la maldad. Desde la cima se vislumbra toda la región, hasta distancias ante siquiera imaginadas. A su espalda, auténticas montañas le dan la bienvenida. Sus manos se acercan cada vez más a la torre y la tocan, acariciando la piedra como si de seda tersa se tratase. La sensación es indescriptible. Finalmente, hace lo que debe y sube los peldaños de la torre, alzando los brazos desde la alturas. Bajo ellos, contempla su propio pasado, a través del mundo infinito de las tierras bajas, donde habitan los hombres.

Centros agotados.

Centros Universitarios.

-Biblioteca Facultad CC de la Información.

Bibliotecas Públicas.

- Biblioteca Fuencarral - Herrera Oria - Biblioteca Acuña - Argüelles
- Biblioteca Hortaleza - UVA - Biblioteca Central - Chamberí
- Biblioteca Ruiz Egea - Cuatro caminos - Biblioteca Manuel Alvar - Azcona
- Biblioteca Canillejas - Madres c. droga - Biblioteca Retiro - Pacífico
- Biblioteca Moratalaz - Artilleros - Biblioteca Miguel Hernández - Vallecas
- Biblioteca Centro - Pta de Toledo - Biblioteca Jose Hierro - Usera
- Biblioteca Villa de Vallecas - Biblioteca Latina - Aluche
- Biblioteca Villaverde Alto - Biblioteca Carabanchel Alto

- Biblioteca Concha Espina - N de Balboa Clausurada
- Biblioteca Pan Bendito Clausurada
- Biblioteca Menendez Pelayo - América Española Clausurada

Bibliotecas Municipales

- BPM La Vaguada - BPM Huerta de la Salud
- BPM Dámaso Alonso - Plaza de Castilla - BPM Tetuán - Triángulo de Oro
- BPM Vazquez Montalbán - Francos Rodriguez - BPM Vinateros - Moratalaz
- BPM Vallecas Villa - BPM La Chata - General Ricardos
- BPM El Pozo - BPM Pablo Neruda - Ascao
- BPM Ciudad Lineal - Alcalá Norte - BPM San Blas - Las Rosas
- BPM Jose Hierro - Las Musas - BPM Canillejas - Alcalá
- BPM Vicálvaro - BPM Islas Filipinas - La Elipa
- BPM Aluche - Laguna - BPM Conde Duque
- BPM Chamartín - Prosperidad - BPM Buenavista - La Guindalera
- BPM Francisco Ayala - Valdebernardo - BPM Portazgo - Arriba
- BPM Pio Baroja - Pirámides - BPM Vallecas - Nueva Numancia
- BPM Carabanchel - M Vadillo - BPM Orcasur
- BPM Barajas - Alameda de Osuna - BPM Angel Gonzalez - Aluche

El Precio de los Perros.

EL PRECIO DE LOS PERROS

Hace algunas semanas tuve la oportunidad de enterarme de una operación de regalo de cachorros por parte de un total desconocido. Se me advirtió, no para que los cogiera yo sino para que avisara a conocidos interesados, que en caso de no poder encontrarles una salida el dueño los sacrificaría. Hubo alguna posibilidad de acogida por parte de alguien, pero esa opción se malogró, esfumándose como el humo de las calefacciones en invierno. Al volver a ver a la posible interesada esta se disculpó, admitiendo que no pudo ser.
Todo esto me lleva a un debate interesante sobre el precio de las voluntades, que tan independientes e incorruptibles creen algunos.

Nuestra historia comienza con Mabel, que ha salvado a toda la camada de su destino fatídico y ahora es la feliz poseedora de nueve perros azabache.
Entra en escena un comprador interesado en ellos: el señor Malo.
El señor Malo es un conocido villano de oscura reputación, excepcionalmente rico por el fruto de sus malignidades, y ahora centra su atención en todos y cada uno de los canes. Mabel está segura, porque el señor Malo así le ha dicho, que una vez en sus manos los cachorros pagarán con su vida el intercambio, no sobreviviendo ni uno solo de ellos.
Se resiste a darlos por ser amante de los animales y el señor Malo empieza las fastidiosas negociaciones.

-50.000 euros por los perros.

A Mabel le vendrían muy bien para poder arreglar los desperfectos de su casa y pagar algunas letras de la hipoteca que con su sueldo mileurista apenas puede cubrir, pero también le gustan también y odia la ideología que profesa el señor Malo, ¿Aceptará ese dinero porque mueran los cachorros?

-100.000 euros por los perros.

Con ese dinero Mabel podría pagar buena parte de la hipoteca y vivir algo más desahogada. Tal vez incluso viajar. Viajar con el remordimiento, eso sí, de haber entregado a la muerte a los perros.

- ¿Cómo morirán? – pregunta Mabel.
- No quiera saberlo – responde el señor Malo. ¿Va a cambiar su decisión saberlo o la hará más difícil? La muerte que padecerán será horrible, pues el señor Malo es el propietario del invencible mastín imbatido Hijo de Satán, que antes de cada combate tiene por costumbre calentar destrozando a base de mordiscos indefensos cachorros para despertar su irresistible fuerza salvaje. Esto ha contribuido a enriquecer todavía más al señor Malo. La decisión se vuelve dolorosa.

-500.000 euros.
El señor Malo posee una gran fortuna.
¿Y ahora que será de los cachorros?

Llegamos a otro camino para el mismo dilema. En esta ocasión los cachorros pertenecen a una malvada y arpía bruja y los va a usar para fabricar con ellos exclusivos filtros de belleza para señoras poco agraciadas por la naturaleza, que harán que los jóvenes efebos caigan babeando ante sus pies.
Mabel quiere coger los cachorros, que la bruja, en un alarde de generosidad, regala a quien los desee, pero es advertida de que ya ha comenzado a hacer magias con ellos y ahora son portadores de una terrible maldición que caerá inexorablemente sobre el infeliz dueño que los reclame.

- Si te llevas estos cachorros y no mueren, la magia de sus cuerpos pasará al tuyo y sufrirás una caída que te fracturará el dedo meñique. ¿Se atreverá Mabel con los perros?

- Si te llevas los cachorros, sufrirás una caída y todos los huesos del brazo se romperán. ¿Y ahora?

Una última maldición para poner a prueba la voluntad de Mabel.
- Si estos perros no mueren estando en tu poder, sufrirás una caída desde un puente, rompiéndote la columna y quedando inmovilizada el resto de tu vida de cintura para abajo.


El precio de los perros. 

Guapas de la tele.

Guapas de la tele.

Asisto desde hace muchos meses a un fenómeno que me intriga y es el culto que hacen los integrados hacia varias reporteras y presentadoras de Cuatro y La Sexta, aprendiendo de memoria sus nombres, coleccionando fotografías reales o fakes hechos por espíritus creativos e idolatrándolas como si fueran diosas, cánones de la belleza ideal, del supremo atractivo sexual, que estuvieran muy por encima de las mujeres mortales.
No suelo ver estas cadenas con frecuencia, por no gustarme su ideología entre bambalinas, de forma que en un primer momento no podía poner cuerpo y cara a tales nombres que sonaban en bares, cafés y casas particulares. No conocía la imagen y trabajos de esas personas.
Y estudiando un poco lo descubrí, un descubrimiento que me provocó otro nuevo rechazo por la televisión y sus ponzoñas.
En primer lugar, estas y otras mujeres contratadas por esas cadenas por determinados atributos que luego mencionaré no me resultan especiales. La gente de la calle que piense un rato en el asunto verá que a su alrededor existen cientos de mujeres así, son las clásicas “buenas”. No existe nada que me llame la atención en ninguna, que me atraiga más allá de reconocer que es atractiva, pero igual que otras muchas, sin diferencias. Se nos quiere decir que esto es la belleza física, la cima a alcanzar para las jovencitas. Son guapas del montón, todas cortadas por los mismos patrones con la única diferencia del color del pelo y hasta eso puede modificarse. Parece que hubieran salido todas en fila de una máquina de clones, todas con los mismos rasgos, que se supone deben tener las chicas atractivas.
El segundo punto es lo despreciable de realizar tal acción, la bajeza de las cadenas que ya no conoce fondo. Todas esas chicas seleccionadas por ser atractivas, sin otra consideración mayor para un puesto de mujer florero que excite a la audiencia masculina como un capote rojo a un toro. Y la audiencia entra al trapo, saliéndose los directivos con la suya, demostrando una vez más que la masa es simple. Este proceso de selección de mujeres por su cuerpo me recuerda al de las ferias de ganado, un ganado televisivo. Bien, pues ahora mugen en las televisiones y no me extrañaría que otras cadenas, para no ser menos, hicieran lo propio. No es muy distinto, aunque si más solapado, a los primeros años de Antena 3 y Telecinco, cuando los segundos sacaban a pasear a las MamaChicho enseñando teta por doquier y emitiendo míticas películas eróticas italianas.
Y ahora hablemos como posdata de un ganado de otra clase. El presentador de la Ruleta de la Suerte, un bigardo que no entra dentro de la categoría de macizo canalla que tanto excita a algunas mujeres que se dicen así mismas atrevidas y aventureras, sino dentro del cubil del macizo con cara de bueno, que es el objeto sexual de las maduritas pre y post menopáusicas y el yerno perfecto para las ancianitas y por tanto el modelo de hombre que siempre encontramos en los programas de variedades matutinos, cuyo fin principal es hacer volar la fantasía de las aburridas, que se los imaginan transfigurados en butaneros o electricistas llamando a sus puertas.

Solitaria llegada del invierno.

Solitaria llegada del invierno.

Cuando las luces de la tarde van muriendo lentamente, cuando pálidos brillos amarillos se reflejan antes de extinguirse en homenaje al estío.

Atrás quedaron los luminosos días, los dorados ocasos del crepúsculo. El calor se desvanece anunciando el reino del frío, se pierde como el agua entre los dedos. Es una luz melancólica y hermosa, pero fría y falta de ardor. Digna y altiva. Los últimos rayos de sol lamen los tejados mientras la oscuridad ya se ha apoderado de las vacías calles, antes de la iluminación artificial, con una pesada sombra azul. Oscuridad  azul en los portales, en las aceras sembradas de coches, en los cerrados comercios, oscuridad nada más. En lo más alto brillos metálicos sobre el silencio que impone el frío. Aves encaramadas en sus atalayas, quietas y silenciosas. Campa el viento a sus anchas, una corriente dura e implacable que llega en oleadas cortando la respiración. En el horizonte nubes oscuras, macizas, pesadas, secas, avanzan sin decidir el rumbo, cúmulos otrora algodonosos y ahora negros como la noche, con rosados penachos allí donde la luz los consagra. Un último esfuerzo antes de caer rendidos ante el amarillo, el enfermizo amarillo que surge de todas partes, globoso, impertinente. Viene como una avalancha imparable, destruyendo los bellos colores de la naturaleza. Las nubes antes oscuras renacen como formas lechosas en la oscuridad total del cielo. Continúan avanzando,  uniéndose, recorriendo las distancias hasta formar un manto luminiscente que brilla con enfermiza persistencia. La temperatura baja y en las calles informes y anodinas sombras oscuras recorren aprisa sus destinos. Es el frío el amo de este mundo dorado y negro.

El punto.

El Punto.



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Dentro de un tiempo; tal vez mucho, tal vez poco, miraré este insignificante punto preguntándome su significado, inquietándome por su persistente apariencia.
No habrá respuestas.
No las diré ahora aunque pueda, y es que el mundo necesita de sus secretos.