10.19.2010

Blacky.

Blacky.

Todo está tranquilo en el chalet, nada quiebra la quietud. El olor a leña quemada invade los espacios, es un olor de paz, de hogar. El viento surca el cielo, un coche pasa lejano. Entre las barandillas de la entrada se observa un bulto negro, oscuro, atrapa la luz. Un pelo deshilachado se mueve el viento, unos ojos insondables miran hacia el infinito, sin mostrar emoción alguna. El ser está quieto, se siente seguro.

De pronto, de la nada, estalla en un salto prodigioso, un arrebato de rabia. Está poseída por los dioses de la guerra. Un presagio, un sonido demasiado agudo para poder ser percibido ha sido el detonante de la explosión. Como un rayo vengador se lanza contra la puerta, sin pensar, determinada a luchar hasta el fin. Como los nobles seiscientos, cabalga a través del jardín, todo queda atrás, solo existe el presente.
El mundo resulta demasiado pequeño para su fuerza, una puerta, un muro, la detienen. Su energía se libera ahora en forma de saltos, prodigiosos saltos odiosos que envían mensajes de advertencia a sus enemigos. Debajo de sus ojos furiosos, su boca se abre y el ladrido hiende el aire, trona en el barrio, retumba en los tímpanos. Pocos pueden permanecer estoicos su carga, sin llenar de temor sus corazones, sin poder aguantar su terrible mirada. Sus dientes asoman: profusos, cortantes, amenazadores.

El peligro termina, pero no la acción. Vuelve ahora sobre sus pasos, ya lentamente, moviendo sin cesar el rabo. Un pequeño cascabel alerta de su presencia a propios y extraños. Huele, reconoce a sus amigos y se llena de felicidad el corazón. Le gusta de ser tocada, acariciada en su pelaje anárquico. Se rinde y, tumbándose boca arriba, se deja tocar por las personas a las que quiere, pero siempre deja un colmillo visible para que no olviden su dureza.
Se encuentra tranquila y quiere jugar. Sitúa una mano entre sus fauces y ahora lame, ahora amaga con morder, ahora lame, en incansable serie.
Juega en el césped, juega con las pelotas hasta que caen al agua. Aproximándose al borde de la piscina, las observa excitada, ladrándole al líquido elemento, vigilando su inquieta superficie. No se atreve a saltar, pero perfectamente podría.

Un nuevo ruido reclama su atención y presta corre a investigarlo, su círculo vuelve a cerrarse.

Blacky, valiente can, guardián de sus amigos, defensora de la paz.

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