10.19.2010

Cabeza Mediana.

Cabeza Mediana

A lo lejos, siempre a lo lejos desde que tiene memoria, se recorta en la lejanía el cerro contra la desdibujada falda de las montañas. De frente, orgulloso de existir, despuntando su torre en la cúspide a modo de diente de leche, solitario incisivo que reina en soledad. Hiciera frío o calor, lluvia o un sol mortífero permanecía impasible, dejando entrever sus misteriosos y apenas perceptibles caminos de tierra que ascienden serpenteantes hasta la cumbre rodeados por encinares salpicados de rocas graníticas. Siempre a lo lejos y siempre a la vista, salvo cuando nubes bajas de tormenta lo ocultaban abrazándole en un manto algodonoso. ¿Qué es aquello que se alza sobre la loma? ¿Qué significado tiene esa estructura que sólo con prismáticos se vislumbra? Hablaban los habitantes y en su ignorancia la creían torreón de la Reconquista o palomar, desde donde veloces aves llevaban mensajes de importancia capital sujetos a sus patas.

Pasaron años en esta situación, sin que se desvelara el misterio.

Hora es ya de encontrar la respuesta.

El camino comienza en la estación del Zoco, si es que dos paradas de autobús enfrentadas entre sí pueden considerarse estación. La hora es temprana y a pesar de eso recorren las calles mujeres sudamericanas portadoras de exuberantes cuerpos que descubren al sol con escasa ropa. También reflejan la luz los pañuelos blancos de las musulmanas, cubiertas como impone  su ley, en claro contraste con las anteriores. El Zoco sigue vivo a pesar del paso de los años. Se abandona para cruzar el puente que a su vez atraviesa la autopista siempre ruidosa, que no conoce el descanso. En la otra orilla vuelve la calma con las urbanizaciones de casas individuales, no chalés, personalizadas. Una de ellas protege sus entrañas con un alto muro coronado por vidrios rotos. ¿Habrá sentido una maligna satisfacción su propietario al colocarlos?

El camino asciende bajo un sol implacable, urbanizaciones a la izquierda, fincas a la derecha y al frente extrañas esculturas. Pasa cerca de la propiedad de los Maristas, aislada y poderosa, un pequeño El Escorial local. Muchos años han pasado desde la última vez que pudo andar libremente por dentro y tal vez nunca más pueda volver a hacerlo. Los religiosos siguen cuidando sus propiedades con el celo de antaño, a juzgar por lo frondoso de sus jardines.

Olvida el pasado y vuelve al camino que tanto le interesa recorrer. Este sigue subiendo hasta llegar a un gran espacio abierto con ganado vacuno pastando pacíficamente, prado que corre serio peligro de transformarse en una urbanización más de las que invaden la zona. A lo lejos divisa el cerro, más cercano pero aún así a considerable distancia. Por la vereda de una carretera secundaria alcanza la que será su última urbanización. Las casas se encuentran flanqueadas en uno de sus extremos por una chopera solitaria. Abandona la comodidad relativa del asfalto y se interna por sendas de tierra. La luz penetra por entre las ramas de los chopos guiándole. No ve a nadie y no quiere verlo, tan solo escucha sus pasos aplastando la tierra.

Terminada la chopera se encuentra de nuevo frente al cerro: cara a cara. Ahora le parece más escarpado que nunca. El camino en línea recta se encuentra bloqueado por una propiedad particular, pero afortunadamente existe una vereda que la rodea. Empieza tranquila, con fincas ganaderas por ambos lados, en donde pastaban dos equinos de hermosas crines cruelmente torturados por miríadas de moscas. Nada se puede hacer para aliviar su sufrimiento, del que en vano tratan de librarse agitando sus colas. Sigue con su misión ascendiendo por el camino, que comienza a volverse rocoso y empinado. Un ciclista se hubiera visto obligado a desmontar, de haberlo recorrido. Le obligan a ascender y asciende sin dificultad, cada vez más alto. Ruinas de antiguos establos salen a su encuentro, vencidas y colonizadas por las jaras. Medita en ellas sobre la futilidad de las cosas y continúa la senda, pues no es completamente dueño de su tiempo y la noche no debe hacer presa en él antes de llegar a su objetivo.

Las colinas que le rodean se empequeñecen, desvelando ocultas colonias encajadas en sus faldas. De repente, el sendero se interrumpe: una verja le impide el paso. Varios carteles avisan que en aquellos parajes se caza. No le importa y, haciendo caso omiso de la amenaza, atraviesa el obstáculo. El camino entonces se bifurca en dos, uno continúa plácidamente bordeando la ansiada colina y el otro la ataca ascendiendo hasta su mismo corazón. Toma sin dudar el segundo. Una empinadísima rampa es su primer desafío. Las piedras están sueltas y la tierra removida por el paso de maquinaria pesada. Los cantos ruedan al contacto con sus botas y sus pies se hunden y resbalan peligrosamente. La ascensión se hace lenta, onerosa e interminable. Se ayuda de su fiel palo, que es su único amigo en la empresa, para superar los obstáculos.

Una vez arriba, tras haber descansado, descubre que tan sólo ha recorrido una pendiente de las muchas que le aguardan. No hay vuelta atrás. Los árboles pasan de ser encinas a frondosos pinares. Recorre el sendero pegado a una verja de separación que limita ambos mundos: el universo de caminos de tierra arrasados por la maquinaria con el de arboledas asomándose a una planicie yerma abatida por el viento, donde los matorrales imponen su ley. Las piedras siguen resbalando a su paso, en una sucesión de rampas que se creen interminables. Llega fatigoso al final de cada una para descubrir con horror el principio de otra nueva. Los conejos le observan desde las alturas y corren a esconderse en cuanto está a distancia suficiente como para descubrirlos. Desde sus conejeras excavadas bajo firmes rocas graníticas, los lepóridos tienen una inmejorable panorámica del valle. Él también se percata de eso, observando en la lejanía la profusión de edificaciones humanas que pueblan la región, con sus tejados metálicos refulgiendo a los insinuantes rayos del sol vespertino. Muchos kilómetros más allá, en el lejano horizonte donde moran blancas nubes nacientes, reluce hasta hacer daño a la vista el agua de los embalses.

Se desvía del camino internándose en los pinares para disfrutar de los contrastes de luz y de su silencio sepulcral. Sobre el suelo ha caído una maldición en forma de acículas secas de un espesor inconmensurable, salpicadas de piñas. Desde una roca vislumbra el otro extremo de la sierra con su correspondiente pantano. Desde su posición tiene a la vista dos grandes masas de agua. Pero debe continuar. Como el camino se hace cada vez más impracticable, decide penetrar en la misteriosa finca de su izquierda por un agujero ya practicado y por el que seguramente se ponen a salvo los conejos cuando en esos parajes retumba la voz de las armas. Una vez en el páramo, continúa su peregrinar. Tiene que ascender en línea recta. Aún así, es difícil y dura las ascensión. Le llaman la atención unos restos de persianas desperdigadas por doquier. ¿Cuál es su origen? ¿Qué hacen allí? No lo sabe, no quiere saberlo.

Tras pasar el penúltimo repecho lo ve por primera vez en detalle. Aparece ostentosamente en la cumbre, grande, inmenso, cercano como nunca antes lo había estado, con su antena de señales erguida, totalmente restaurada. El telégrafo eléctrico le da la bienvenida a su modo. Una última cerca le impide el acceso. Continúa ascendiendo entre los matorrales hasta llegar a la verja y sus herramientas hacen contacto con el metal, violando sus formas. Los antaño sólidos alambres se doblan ante la fuerza de la verdad. Una vez que los obstáculos del hombre son historia, penetra en el recinto final, que se encuentra lleno de ganado vacuno, pastando tranquilo como es natural en su especie. Los animales le miran inquietos ante la figura que se alza por donde antes nadie había venido, pero son pacíficos y en su corazón no cabe la maldad. Desde la cima se vislumbra toda la región, hasta distancias ante siquiera imaginadas. A su espalda, auténticas montañas le dan la bienvenida. Sus manos se acercan cada vez más a la torre y la tocan, acariciando la piedra como si de seda tersa se tratase. La sensación es indescriptible. Finalmente, hace lo que debe y sube los peldaños de la torre, alzando los brazos desde la alturas. Bajo ellos, contempla su propio pasado, a través del mundo infinito de las tierras bajas, donde habitan los hombres.

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