10.19.2010

Cinco Villas

Cinco Villas

Cerca de la autovía, pero a la vez lejos, en otro mundo, un mundo pasado, se alza Cinco Villas. Seis, tal vez más edificios situados bajo la protección de un cerro pródigo de naturaleza, ajenos al paso del tiempo. Entre Manjirón y Lozoya, lejos de la ciudad y a la vez no tanto.
Sus escasos habitantes viven desconectados de la actualidad, la dureza del medio así lo exige. En verano verde profundo, bendecido con el frescor que da la montaña, con más animales de ganadería que humanos, con sus visitantes estivales. En invierno solitario, duro, oscuro, con vientos de frío siberiano que azotan las anárquicas viviendas de piedra, copiosas nevadas, carreteras cortadas y aislamiento. Una aldea auténtica.

Pronto eso cambiará para siempre. Situada cerca de la autovía, su destino peligraba, aún así se mantuvo íntegra durante décadas, ajena al ajetreo de máquinas y personas que diariamente cruzaban rápidos en la lejanía, pensando en sus vidas. Ahora, el destino ha alcanzado a esta villa y no hay vuelta atrás. Urbanizaciones generosas en adosados y faltas en jardín tapizarán sus alrededores, el gentío llenará sus vacías calles en donde ahora sólo cruzan los escarabajos, un flamante club de golf llenará el paisaje y aportará ese toque de distinción que toda urbanización pretenciosa ansía.

Su carácter de aldea está irremisiblemente perdido, aún así la lejanía de la ciudad y el frío invierno pesarán en los sufridos compradores, ellos nunca conocerán el antiguo Cinco Villas, les ha tocado vivir una época de ilusión, esfuerzo y cambio. Cuando el cambio se complete, ni siquiera ellos reconocerán el lugar en el que vieron construir su casa. Sí, el mundo ha alcanzado a Cinco Villas y su destino ya lo han trazado los arquitectos, constructores, promotores, alcaldes y toda la fauna de la especulación.

Pero por el momento Cinco Villas mantiene su carácter de aldea perdida marginal, aún se puede ver a los rumiantes pastando tranquilos, aún se puede disfrutar de las vistas de los campos preñados de matorrales que se extienden hasta la autovía. Aún hay campo, rocas, flora y fauna. Sus casas, contadas con los dedos de la mano, ofrecen el espectáculo típico de los pueblos, cada una construida diferente de las demás, sin uniformidad, como les viene en gana a los dueños, las calles simples caminos de tierra y los vehículos, imprescindibles y sempiternos todo-terreno.

Cómo serán las personas que poblarán este lugar no lo sabe nadie,  pero seguro que vendrán atraídos por los precios, asequibles. Unos buscarán un chalet de fin de semana en el que perderse, otros formar una familia con un pie en la capital y otro en la montaña y puede que algunos especular con la propiedad. Lucharán contra las incomodidades del campo, sobre todo el frío omnipresente y la lejanía, tal vez los venzan o tal vez no, pero lo intentarán igualmente. Para los nativos el cambio será igual de importante, ya no tendrán que ver la cara al vecino de siempre, habrá vida en los alrededores, quizá incluso una mejora en las comunicaciones. Para los que gusten de la tranquilidad y el silencio del campo será un castigo, pues eso perderán primero, su mundo se llenará de luces, ruidos y barullo. Con el tiempo, tal vez esas casas primigenias estén destinadas a desaparecer en un mar de chales primero, de bloques después. Quedarán como reliquias del pasado hasta que el tiempo y la historia acaben con ellos.


Si, ya está en marcha el destino y nada puede pararlo, para bien y para mal el tiempo ha alanzado a Cinco Villas y cuando termine nunca volverá a ser como antes.

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