10.19.2010

El fin del pájaro.

El fin del pájaro.

La tarde avanzaba sin pausa, el sol dorado lo cubría todo: tejados, antenas, calles y jardineras. Llegaba la primavera y los días se alargaban, una luz anaranjada iba desterrando poco a poco a los amarillentos, cortos y fríos tonos del crepúsculo invernal.
El ave había estado todo el día en el balcón, disfrutando de los rayos del sol, piando de felicidad en su jaula. De edad madura, no era un pajarillo joven. Colorino de nombre, aún mantenía en el plumaje sus famosos tonos rojizos. ¿Macho o hembra? Sus dueños nunca averiguaron su sexo. No importa, no tuvo descendencia.
Los otros pájaros estaban dentro de la casa, no gustaban del aire del balcón. Colorino se sentía seguro, sí. No podía imaginar lo que iba a suceder.

En la calle la gente volvía a sus casas, había movimiento, padres recogiendo a sus hijos del colegio, personas que iban a la compra... en el interior de la casa el chaval jugaba con la PlayStation ajeno a todo.
De repente, un movimiento muy rápido para ser visto, un parpadeo del aire, procedente de la terraza. Tal vez un reflejo de alguna ventana o tal vez no. Un momento extraño, poco frecuente, pero real. No se le prestó atención, la consola la reclamaba y el chico volvió a enfrascarse en el juego.

La tarde seguía esfumándose, las luces de la calle y de los hogares comenzaban a aparecer, mas aún permanecía el sol. Refrescaba y decidió meter al pájaro dentro, pero al mover la jaula descubrió su destino.
Varios barrotes estaban doblados, aunque no rotos del todo, una pluma yacía en el fondo de la jaula y otra sobre los barrotes y había sangre en ellos, la suficiente para presagiar algo malo.
El pájaro había sido atacado y posiblemente devorado en el acto. No apareció ningún rastro de su cuerpo. ¿Quién fue el agresor? ¿Cómo llegó hasta el pájaro de forma tan silenciosa? El balcón estaba a 20 metros de altura y separado de los otros balcones. ¿Fue acaso un ave rapaz en pleno Madrid?

La tarde avanzaba sin pausa, el sol dorado lo cubría todo: tejados, antenas, calles y jardineras. Desde su escondite, el animal veía a su presa, olía a su presa, oía a su presa y se puso en movimiento. La altura debajo de sus pies era considerable, a pesar de sus formidables habilidades, si caía podía lesionarse de gravedad, tal vez morir. Sus instintos de cazador pudieron más y venció las dudas. Estaba gorda, pero ágil y decidida. Superó su propia barandilla y por un agujero de la misma saltó hacia la distante cornisa. Lo logró por poco. Ahora le quedaba la parte más difícil, atravesar la barandilla ajena. Una vez dentro, todo sería sencillo. Su presa no era rival y, además, estaba encerrada en una jaula, no podría escapar.
Tensó sus músculos y dio un certero salto felino. Con sus uñas se agarró con fuerza a las baldosas del suelo. Lo había logrado de nuevo. Estaba en territorio ajeno, en otro balcón desconocido para ella, pero su presa piaba muy cerca.

En unos segundos acabó con ella, dejando tan sólo unos rastros de la desigual lucha. Le esperaba un difícil regreso al hogar, pero esta vez volvía victoriosa. Se sentía poderosa, invencible. Era la reina de su casa y lo sabía, ahora también lo sabrían los pájaros de los alrededores. Alcanzó la cornisa con facilidad pasmosa y de un salto elegante y prodigioso regresó a su balcón, a la espera de un tazón de leche con el que acompañar su merienda.

Volvió su vista hacia atrás para regodearse, a las luces del crepúsculo sus ojos brillaron como estrellas. Y acto seguido entró en su casa, ronroneando.

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