La tarde avanzaba sin pausa, el
sol dorado lo cubría todo: tejados, antenas, calles y jardineras. Llegaba la
primavera y los días se alargaban, una luz anaranjada iba desterrando poco a
poco a los amarillentos, cortos y fríos tonos del crepúsculo invernal.
El ave había estado todo el día
en el balcón, disfrutando de los rayos del sol, piando de felicidad en su
jaula. De edad madura, no era un pajarillo joven. Colorino de nombre, aún
mantenía en el plumaje sus famosos tonos rojizos. ¿Macho o hembra? Sus dueños
nunca averiguaron su sexo. No importa, no tuvo descendencia.
Los otros pájaros estaban dentro
de la casa, no gustaban del aire del balcón. Colorino se sentía seguro, sí. No
podía imaginar lo que iba a suceder.
En la calle la gente volvía a
sus casas, había movimiento, padres recogiendo a sus hijos del colegio,
personas que iban a la compra... en el interior de la casa el chaval jugaba con
la PlayStation ajeno a todo.
De repente, un movimiento muy
rápido para ser visto, un parpadeo del aire, procedente de la terraza. Tal vez
un reflejo de alguna ventana o tal vez no. Un momento extraño, poco frecuente, pero
real. No se le prestó atención, la consola la reclamaba y el chico volvió a
enfrascarse en el juego.
La tarde seguía esfumándose, las
luces de la calle y de los hogares comenzaban a aparecer, mas aún permanecía el
sol. Refrescaba y decidió meter al pájaro dentro, pero al mover la jaula
descubrió su destino.
Varios barrotes estaban
doblados, aunque no rotos del todo, una pluma yacía en el fondo de la jaula y
otra sobre los barrotes y había sangre en ellos, la suficiente para presagiar
algo malo.
El pájaro había sido atacado y
posiblemente devorado en el acto. No apareció ningún rastro de su cuerpo.
¿Quién fue el agresor? ¿Cómo llegó hasta el pájaro de forma tan silenciosa? El
balcón estaba a 20 metros
de altura y separado de los otros balcones. ¿Fue acaso un ave rapaz en pleno
Madrid?
La tarde avanzaba sin pausa, el
sol dorado lo cubría todo: tejados, antenas, calles y jardineras. Desde su escondite,
el animal veía a su presa, olía a su presa, oía a su presa y se puso en
movimiento. La altura debajo de sus pies era considerable, a pesar de sus formidables
habilidades, si caía podía lesionarse de gravedad, tal vez morir. Sus instintos
de cazador pudieron más y venció las dudas. Estaba gorda, pero ágil y decidida.
Superó su propia barandilla y por un agujero de la misma saltó hacia la
distante cornisa. Lo logró por poco. Ahora le quedaba la parte más difícil,
atravesar la barandilla ajena. Una vez dentro, todo sería sencillo. Su presa no
era rival y, además, estaba encerrada en una jaula, no podría escapar.
Tensó sus músculos y dio un
certero salto felino. Con sus uñas se agarró con fuerza a las baldosas del
suelo. Lo había logrado de nuevo. Estaba en territorio ajeno, en otro balcón
desconocido para ella, pero su presa piaba muy cerca.
En unos segundos acabó con ella,
dejando tan sólo unos rastros de la desigual lucha. Le esperaba un difícil regreso
al hogar, pero esta vez volvía victoriosa. Se sentía poderosa, invencible. Era
la reina de su casa y lo sabía, ahora también lo sabrían los pájaros de los
alrededores. Alcanzó la cornisa con facilidad pasmosa y de un salto elegante y
prodigioso regresó a su balcón, a la espera de un tazón de leche con el que
acompañar su merienda.
Volvió su vista hacia atrás para
regodearse, a las luces del crepúsculo sus ojos brillaron como estrellas.
Y acto seguido entró en su casa, ronroneando.
Publicado originalmente en windows live spaces el 19-12-2007.
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