A finales de Noviembre de 2007,
cuando los días ya son cortos y oscuros, cuando un viento frío barre la ciudad
envuelta en tinieblas, cuando las luces, amarillas, enfermizas, iluminan las
calles pobladas de grises bultos, dedicados a sus pequeños mundos.
Era un sábado, el crepúsculo
estaba por llegar en Callao, pero todavía rosados rayos de luz iluminaban las
distantes nubes. Como tantas otras veces en el pasado, como tantas otras veces
volví a hacer en el futuro, prendió el deseo de caminar y ver el mundo
circundante.
La marcha comenzó con paso
firme, esquivando las mareas humanas que siempre pueblan la zona, rumbo a mi
lejano hogar. Bajé la calle, atravesando Cibeles y me dirigí a la ya visible
Alcalá. Camino mecánico, cien veces recorrido, cien veces desandado. Cuando
atravesé el Retiro, la luz del sol se escondió definitivamente en el horizonte,
en otras tierras. Las calles rebosaban vida, el aire, frío. La marcha se
sucedió sin pausa, llegando a Goya, donde comenzó esta extraña percepción, este
suceso anómalo que ha motivado el relato.
De entre los cientos, miles de
personas que vi en mi caminar, me percaté en un ser, en una figura que, de
espaldas, ocultaba su rostro. Se agachó y dio limosna a una mendiga
situada más allá de la Casa
del Libro. Me fijé en su indumentaria por puro azar: pantalón rojo, zapatillas
y un anorak cuyo color ahora mi mente ha desechado. Se perdió entre la
multitud. No le di importancia, continuando mi marcha, fijándome en otras
personas, cada una con su propia vida, cada una siguiendo su camino. El mío
transcurrió sin mayor variación, pasado Goya con sus burbujeantes centros
comerciales, Manuel Becerra, el parque de bomberos, su iglesia. Al fondo, se
divisé Ventas; la calle bajó, haciendo la marcha más agradable. En Ventas, el
espacio abierto deja libre el paso del viento, un aire frío que entorpeció la
marcha. Distinguí como siempre los bloques de la Ampliación bien
iluminados. No me produjeron ninguna percepción agradable, nada que me atrajera
hacia ellos y, sin embargo, allí me dirigía.
Llegué a la acera occidental de
la calle Virgen de la Alegría ,
en donde comienza el tramo de subida, harto conocido. Es allí donde tuve el
segundo encuentro con lo desconocido.
Al doblar la esquina y enfilar
la calle, vi la espalda de un hombre, vistiendo anorak y pantalones rojos, con
zapatillas de deporte. Su andar es lento, le alcancé, adelantándolo con
facilidad. Me sonreí al reconocerlo, pues mi mente juró y sigue jurando que era
el mismo que vi en Goya. Ahora estaba en la soledad de la amplia acera. No le
di más importancia y comencé a subir la cuesta a un ritmo rápido. Atravesé los
bloques ciclópeos llegando hasta la comisaría. A continuación, crucé la calzada
corriendo y enfilé la cuesta aún más pronunciada que me llevaría hasta la Casita de la Virgen. Me dispuse a
subir Virgen del Val por la acera meridional, no se veía un alma, no oía nada
más que mis pasos y mi respiración, el aliento perdiéndose en el frío de la
noche. Y al doblar el bloque que da acceso al inicio de la calle quedé por
un instante confuso, perplejo, de mis labios se escaparon unas débiles palabras,
un pensamiento que se hizo sonido: “No puede ser”.
Pues frente a mí, subiendo la
cuesta se hallaba una figura vestida con pantalón rojo, zapatillas de deporte y
anorak claro. No puedo decir de dónde había salido. Subía la calle con ganas,
pero la rabia se apoderó de mí y decidí sobrepasarle por tercera vez, derrotar
al espectro de la noche. Así hice y, tomando fuerzas, ascendí la cuesta con
energía, pasé a la acera norte y desde mi posición observé de reojo a la figura,
pues en mi interior temía que al perderle de vista se desvaneciera entre
brumas. Seguía allí, más atrás pero seguía en el mundo, no había desaparecido.
Llegué al punto más elevado de la cuesta, el colegio, y me dispuse a bajar sin
perder el ritmo. Volví nuevamente la cabeza para echar un último vistazo a
aquella misteriosa figura. Con varios pasos desapareció por la calle Virgen del
Val. Yo caminé hasta mi casa, temiendo que al doblar la siguiente esquina
volviera a encontrármelo, salido de la nada. Una parte de mí lamentó no haberlo
seguido, no haber investigado más el suceso. Pero mi cuerpo se encontraba
cansado después de la larga marcha y tras entrar en el portal, me giré por
última vez y desaparecí en su interior.
No fue hasta el día siguiente
cuando empecé a meditar sobre lo sucedido, sobre la imposibilidad, la extrañeza
de mi tercer encuentro con aquel misterioso ser.
Nada hubo de extraño en mi
primer y segundo encuentro, pues aunque fuera la misma persona, cosa que
siempre he mantenido, hay medios de transporte que le hubieran posibilitado llegar
hasta allí. Es el tercer encuentro, su tercera aparición lo que me causó
extrañeza suprema, la sensación de lo inexplicado. ¿De dónde pudo surgir, cómo
pudo sobrepasarme si en ningún momento le vi? No hay lugar en la zona para que
pueda superarme, el camino es recto y mi velocidad alta. ¿Se trataba de dos
personas vistiendo igual en un área tan pequeña? Los pliegues de su anorak eran
los mismos. Jamás podrá saberse ya la identidad del desconocido, jamás podrá
saberse el número exacto de veces que nos encontramos y, por supuesto, jamás
volví a verle.
Publicado originalmente en windows live spaces el 01-01-2009.
ResponderEliminarPipety ... - 1 Ene, 2009 -Tras el misterio se esconde algún mensaje que alguien quería hacer llegar. Lo malo es que a veces, no entendemos su significado, sino pasado largo tiempo...
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