10.19.2010

El morador de la oscuridad.

El morador de la oscuridad.

A finales de Noviembre de 2007, cuando los días ya son cortos y oscuros, cuando un viento frío barre la ciudad envuelta en tinieblas, cuando las luces, amarillas, enfermizas, iluminan las calles pobladas de grises bultos, dedicados a sus pequeños mundos.
Era un sábado, el crepúsculo estaba por llegar en Callao, pero todavía rosados rayos de luz iluminaban las distantes nubes. Como tantas otras veces en el pasado, como tantas otras veces volví a hacer en el futuro, prendió el deseo de caminar y ver el mundo circundante.
La marcha comenzó con paso firme, esquivando las mareas humanas que siempre pueblan la zona, rumbo a mi lejano hogar. Bajé la calle, atravesando Cibeles y me dirigí a la ya visible Alcalá. Camino mecánico, cien veces recorrido, cien veces desandado. Cuando atravesé el Retiro, la luz del sol se escondió definitivamente en el horizonte, en otras tierras. Las calles rebosaban vida, el aire, frío. La marcha se sucedió sin pausa, llegando a Goya, donde comenzó esta extraña percepción, este suceso anómalo que ha motivado el relato.
De entre los cientos, miles de personas que vi en mi caminar, me percaté en un ser, en una figura que, de espaldas, ocultaba su rostro. Se agachó y dio limosna a una mendiga situada más allá de la Casa del Libro. Me fijé en su indumentaria por puro azar: pantalón rojo, zapatillas y un anorak cuyo color ahora mi mente ha desechado.  Se perdió entre la multitud. No le di importancia, continuando mi marcha, fijándome en otras personas, cada una con su propia vida, cada una siguiendo su camino. El mío transcurrió sin mayor variación, pasado Goya con sus burbujeantes centros comerciales, Manuel Becerra, el parque de bomberos, su iglesia. Al fondo, se divisé Ventas; la calle bajó, haciendo la marcha más agradable. En Ventas, el espacio abierto deja libre el paso del viento, un aire frío que entorpeció la marcha. Distinguí como siempre los bloques de la Ampliación bien iluminados. No me produjeron ninguna percepción agradable, nada que me atrajera hacia ellos y, sin embargo, allí me dirigía.
Llegué a la acera occidental de la calle Virgen de la Alegría, en donde comienza el tramo de subida, harto conocido. Es allí donde tuve el segundo encuentro con lo desconocido.
Al doblar la esquina y enfilar la calle, vi la espalda de un hombre, vistiendo anorak y pantalones rojos, con zapatillas de deporte. Su andar es lento, le alcancé, adelantándolo con facilidad. Me sonreí al reconocerlo, pues mi mente juró y sigue jurando que era el mismo que vi en Goya. Ahora estaba en la soledad de la amplia acera. No le di más importancia y comencé a subir la cuesta a un ritmo rápido. Atravesé los bloques ciclópeos llegando hasta la comisaría. A continuación, crucé la calzada corriendo y enfilé la cuesta aún más pronunciada que me llevaría hasta la Casita de la Virgen.  Me dispuse a subir Virgen del Val por la acera meridional, no se veía un alma, no oía nada más que mis pasos y mi respiración, el aliento perdiéndose en el frío de la noche. Y al doblar el bloque que da acceso al inicio de la calle quedé por un instante confuso, perplejo, de mis labios se escaparon unas débiles palabras, un pensamiento que se hizo sonido: “No puede ser”.
Pues frente a mí, subiendo la cuesta se hallaba una figura vestida con pantalón rojo, zapatillas de deporte y anorak claro. No puedo decir de dónde había salido. Subía la calle con ganas, pero la rabia se apoderó de mí y decidí sobrepasarle por tercera vez, derrotar al espectro de la noche. Así hice y, tomando fuerzas, ascendí la cuesta con energía, pasé a la acera norte y desde mi posición observé de reojo a la figura, pues en mi interior temía que al perderle de vista se desvaneciera entre brumas. Seguía allí, más atrás pero seguía en el mundo, no había desaparecido. Llegué al punto más elevado de la cuesta, el colegio, y me dispuse a bajar sin perder el ritmo. Volví nuevamente la cabeza para echar un último vistazo a aquella misteriosa figura. Con varios pasos desapareció por la calle Virgen del Val. Yo caminé hasta mi casa, temiendo que al doblar la siguiente esquina volviera a encontrármelo, salido de la nada. Una parte de mí lamentó no haberlo seguido, no haber investigado más el suceso. Pero mi cuerpo se encontraba cansado después de la larga marcha y tras entrar en el portal, me giré por última vez y desaparecí en su interior.
No fue hasta el día siguiente cuando empecé a meditar sobre lo sucedido, sobre la imposibilidad, la extrañeza de mi tercer encuentro con aquel misterioso ser.

Nada hubo de extraño en mi primer y segundo encuentro, pues aunque fuera la misma persona, cosa que siempre he mantenido, hay medios de transporte que le hubieran posibilitado llegar hasta allí. Es el tercer encuentro, su tercera aparición lo que me causó extrañeza suprema, la sensación de lo inexplicado. ¿De dónde pudo surgir, cómo pudo sobrepasarme si en ningún momento le vi? No hay lugar en la zona para que pueda superarme, el camino es recto y mi velocidad alta. ¿Se trataba de dos personas vistiendo igual en un área tan pequeña? Los pliegues de su anorak eran los mismos. Jamás podrá saberse ya la identidad del desconocido, jamás podrá saberse el número exacto de veces que nos encontramos y, por supuesto, jamás volví a verle.

2 comentarios:

  1. Publicado originalmente en windows live spaces el 01-01-2009.

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  2. Pipety ... - 1 Ene, 2009 -Tras el misterio se esconde algún mensaje que alguien quería hacer llegar. Lo malo es que a veces, no entendemos su significado, sino pasado largo tiempo...

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