10.19.2010

Espiral Viciosa.

Espiral viciosa

Caía lentamente la tarde sobre la farmacia. Los trinos de los pájaros alegraban el ambiente. De repente, una figura curiosa se aproximó a la entrada, jadeante, sudorosa. Se trataba de un hombre que portaba las cajas de Cofares. Lo dejo pasar. Un olor a sudor reconcentrado invade el ambiente, sus jadeos se vuelven más profundos, venía ahogándose. En sus ojos, una mirada de desesperación.
Corriendo, me da a sellar varios recibos y los productos pedidos, más tarde me pregunta con un fuerte acento gallego la dirección de otra farmacia. No se la digo, por desconocimiento. Veo claramente su problema: es nuevo.

Llega tarde, en mal estado, ha cometido ya un sinfín de errores en su ruta y no puede sustraerse de ellos. Se encuentra perdido, pues ha comenzado a caer en la espiral del fracaso. Parece que cada paso que diera le alejara más del éxito. La tarde se ha convertido en su infierno personal. Un infierno propio, pues solo él se ve afectado, con su agobio, su angustia. Mentalmente me alegro de no ser yo, de no tener ese problema. ¡Egoísta pensamiento! Pero espontáneo y natural.
Al salir por la puerta, sudoroso, con las cajas de la mañana vacías, tengo que avisarle para que vuelva, pues en su perdición, se olvida los recibos. Otro error más a la suma, otro grave contratiempo.

El tiempo pasa, se suceden las horas, la tarde va cayendo pero el relato de desesperación del gallego no termina. Súbitamente le veo regresar por la puerta, con otro pedido, aún más sudoroso si cabe, todo rojo y con semblante de alienado. Al comprobar lo que ha traído, descubro que no pertenece a la farmacia, corresponde a otra. Se lo digo al repartidor y veo cómo se desespera, en su hoja de ruta descubro que aún le faltan muchas otras farmacias por alcanzar. Al irse, medito sobre lo sucedido. La espiral ha continuado, los errores pasados alimentan la aparición de otros nuevos, que a su vez harán lo mismo con los siguientes. No pudo escapar.

Las espirales del fracaso, tantas veces vistas en películas americanas, a cuyo influjo pueden caer personas normales o el típico perdedor. Un bucle continuo que se retroalimenta. Son sin duda dignas de atención por su naturaleza, pero ¿cómo escapar de ellas? Una vez que se cae hay que hacer algo para no acabar peor. ¿Es mejor quedarse quieto, al igual que con las arenas movedizas o enfrentarse a ellas?
Una cosa está clara, en muchas ocasiones son los propios intentos de solucionarlo lo que te hunden más.
Espirales hay en las mentiras infantiles, en la vida de los yonkis, en toda huida hacia adelante, en el desconocimiento de las cosas, en el nerviosismo.


Nadie está libre de ellas, que sepamos evitarlas y reaccionar correctamente cuando se presenten sólo depende de nosotros mismos.

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