Caía lentamente la tarde sobre
la farmacia. Los trinos de los pájaros alegraban el ambiente. De repente, una
figura curiosa se aproximó a la entrada, jadeante, sudorosa. Se trataba de un
hombre que portaba las cajas de Cofares. Lo dejo pasar. Un olor a sudor
reconcentrado invade el ambiente, sus jadeos se vuelven más profundos, venía
ahogándose. En sus ojos, una mirada de desesperación.
Corriendo, me da a sellar
varios recibos y los productos pedidos, más tarde me pregunta con un fuerte acento
gallego la dirección de otra farmacia. No se la digo, por desconocimiento. Veo
claramente su problema: es nuevo.
Llega tarde, en mal
estado, ha cometido ya un sinfín de errores en su ruta y no puede
sustraerse de ellos. Se encuentra perdido, pues ha comenzado a caer en la
espiral del fracaso. Parece que cada paso que diera le alejara más del éxito.
La tarde se ha convertido en su infierno personal. Un infierno propio,
pues solo él se ve afectado, con su agobio, su angustia. Mentalmente me alegro
de no ser yo, de no tener ese problema. ¡Egoísta pensamiento! Pero espontáneo y
natural.
Al salir por la puerta, sudoroso,
con las cajas de la mañana vacías, tengo que avisarle para que vuelva, pues en
su perdición, se olvida los recibos. Otro error más a la suma, otro grave
contratiempo.
El tiempo pasa, se suceden las
horas, la tarde va cayendo pero el relato de desesperación del gallego no
termina. Súbitamente le veo regresar por la puerta, con otro pedido, aún más
sudoroso si cabe, todo rojo y con semblante de alienado. Al comprobar lo que ha
traído, descubro que no pertenece a la farmacia, corresponde a otra. Se lo digo
al repartidor y veo cómo se desespera, en su hoja de ruta descubro que aún le
faltan muchas otras farmacias por alcanzar. Al irse, medito sobre lo sucedido.
La espiral ha continuado, los errores pasados alimentan la aparición de otros
nuevos, que a su vez harán lo mismo con los siguientes. No pudo escapar.
Las espirales del fracaso,
tantas veces vistas en películas americanas, a cuyo influjo pueden caer
personas normales o el típico perdedor. Un bucle continuo que se retroalimenta.
Son sin duda dignas de atención por su naturaleza, pero ¿cómo escapar de ellas?
Una vez que se cae hay que hacer algo para no acabar peor. ¿Es mejor quedarse
quieto, al igual que con las arenas movedizas o enfrentarse a ellas?
Una cosa está clara, en muchas
ocasiones son los propios intentos de solucionarlo lo que te hunden más.
Espirales hay en las mentiras
infantiles, en la vida de los yonkis, en toda huida hacia adelante, en el
desconocimiento de las cosas, en el nerviosismo.
Nadie está libre de ellas, que
sepamos evitarlas y reaccionar correctamente cuando se presenten sólo depende
de nosotros mismos.
Publicado originalmente el 22-06-2008.
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