Volvía de la calle Tres Cruces,
en pleno centro de putiferio de Madrid, de llevar la PlayStation 2 a unos piratas para que me
pusieran el maligno chip, con el que poder realizar perversas acciones
contra la propiedad intelectual, cuando decidí, con la caja de dicha consola
todavía en la mano, visitar la famosa y conocida Tienda de Néstor, con objeto
de pasar la tarde.
Pero cerca de la misma, viendo
unos contenedores de cartón, se me ocurrió divertirme a costa de los jugones
del cercano local de juegos en red, ahora tristemente desaparecido. Así que
junto con Néstor, decidimos poner en la caja una piedra de buen tamaño y un
educado posit dentro de la caja y esperar la salida del colegio de los alumnos
de La Casita
de la Virgen ,
noble centro también conocido por el aparcamiento privado que han
edificado las religiosas debajo del patio.
La caja, en el suelo, no
despertó la atención de los chavales aunque sí la de los progenitores, más para
darle patadas que para revolver su contenido con ilusión.
Así que, viendo que de esta
forma no se conseguía nada, se procedió a depositar dicha caja en el alféizar
de la tienda de juegos en red, con cuidado para no interrumpir a los chavales
de sus partidas de Counter. Con movimientos felinos, procedimos a esperar los
acontecimientos escondidos en las cercanías.
De inmediato salió un jugón malote
a echar un piti, sorprendiéndose de la caja que misteriosamente se había
materializado de la nada. ¿Sería acaso un regalo del dios de las maquinitas?
¿Qué significaba esto? La obtusa mente del jugón no podía asimilarlo en soledad
y llamó a sus compis.
Súbitamente aparecieron cuatro o
cinco jugones adicionales, de diferentes formas y tamaños. Intrigados, algunos
ilusionados. ¿Será una bomba o una consola perdida?
El más vacilón, un retaco con pinta
de amo del recreo, procedió a abrir la caja, era suya por derecho, la curiosidad
pudo con él. La consola que tanto deseaba a su alcance. Un momento, pensó: “la
compartiremos”. Sin más dilación se dispuso a abrirla, los otros le ayudaron.
Algunos le apremiaban con insistencia. ¿Qué es esto? Una piedra llena de
mierda, del parque de la esquina. Y un mensaje aleccionador: “Gilipollas”.
De esta cruda forma han
aprendido estos zagales que las cosas que son demasiado buenas para ser ciertas
es que no lo son. Y el más importante consejo de no abrir nunca paquetes
sospechosos.
A la caja le quedaban segundos
de vida, pues acto seguido la emprendieron a patadas con ella, reduciéndola a
trozos informes de cartón. Nunca más volvería a contener algo, nunca podría
criar polvo en un trastero.
Publicado originalmente en windows live spaces el 10-02-2008.
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