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El viaje hasta el lejano norte
se hace eterno, cansado, peligroso tal vez. Aún no se ha llegado y todavía
queda la vuelta. Carreteras, caminos, van pasando lentamente, mostrando sus
formas faltas de belleza. Por polígonos y pueblos, por ciudades dormitorio, nos
acercamos a nuestro destino. Baches, un calor sofocante, extraños olores nos
acompañan. Hasta que alcanzamos nuestro objetivo. Saltamos con energía del
autobús, el acordeón central nos despide con chirridos. Ponemos pie en el
césped y comenzamos a avanzar. Hemos llegado a La Cúpula, lugar conocido
también por el nombre de Moscatelares.
En metro, el viaje es aún más
largo, aunque menos arduo. Una interminable sucesión de estaciones que deben
atravesarse con parsimonia, el tiempo comienza a enlentecerse y la mente tiene
extrañas visiones. Por fin fuera de la gruta, nos encontramos cara a cara con
la noble plaza de toros, es entonces cuando comienza una larga travesía por
cuestas, túneles y polígonos. El olor de las basuras y del marisco podrido nos
acompaña en el viaje. Urbanizaciones y altas oficinas en construcción nos
saludan desde la izquierda. A lo lejos, divisamos nuestro objetivo. Cruzamos el
nuevo polideportivo, orgullo de los habitantes y entramos en La Cúpula furtivamente.
Sí, el viaje sin coche es un
auténtico infierno.
Entramos en Ikea, una gran nave
con la estructura del laberinto del minotauro. El laberinto está diseñado a
drede para tener que recorrer toda la tienda, una sensación de turbación nos
acompaña ante la majestuosidad de los muebles allí reunidos, todos con nombres
impronunciables para aumentar el exotismo.
Apresamos en nuestra mano un
puñado de lápices gratuitos para incrementar la colección de cautivos. Telas de
todos los colores nos observan desde lo alto. Proseguimos nuestro camino. El
laberinto se hace más profundo, pero existen atajos. Las estanterías atraen a
los perdidos, como antaño hicieran las sirenas con su cantar. Estamos ya muy
cerca del premio, en el aire se nota un olor a mueble nuevo.
Atravesamos la sección infantil,
decenas de gusanos gigantes de tela nos acechan. ¿Nos cortarán el paso?
¿Volveremos a ver la luz del día? Los derrotamos y continuamos la marcha. De
paso, cogemos otro montón de lápices en premio a nuestro valor.
Hemos llegado, vemos los
revisteros. Los cogemos. Son demasiados, pero la voluntad es firme. Nos
dirigimos a las cajas para escapar del lugar. Innumerables maderos se apilan
hasta el cielo. ¿En cual de ellos está el Arca? Los pasillos se suceden, el
laberinto se va ensanchando. Al fondo, se divisan las preciadas cajas.
Llegamos. Hay cola. Al parecer,
a la gente solidaria de España no le interesa saber o no le importa quién
fabrica los muebles que acaban de comprar y en qué condiciones lo hacen. La
cola avanza con lentitud. El destino había preparado una nueva trampa. Las
bolsas para llevar el producto se cobran. Es el colmo de la usura, se trata de
bolsas de cartón, ni siquiera de plástico. Harto de tamaña ofensa contra el
consumidor, devuelvo toda la compra y salgo de allí con la esperanza de no
tener que volver a comprar jamás en ese caladero de demonios. El camino de
regreso sin coche vuelve a ser un autentico infierno.
Al llegar al hogar, observo la
presa. Nueve lápices para aumentar el lote. La suprema ignominia de Ikea se
hace patente entonces: los lápices son más finos y de un color más claro que
sus ancestros. Ya jamás podrán ser todos iguales. Ya nunca se llenará la caja
en uniformidad. Huérfanos quedaron los lápices, como huérfano quedé yo de
revisteros.
Publicado originalmente en windows live spaces el 15-03-2008.
ResponderEliminarJosh Rivas Romero - 25 Mar, 2008 -Eres un don Quijote moderno. Por curiosidad.....¿cuanto costaban las infames bolsas para que decidieras no adquirirlas y volver a casa henchido de orgullo pero parco en revisteros??
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