12 de Febrero del 2005
La duda se abate sobre mí, se
aproximan los exámenes y una pregunta surge en mi mente. Es la hora de la
elección, sólo una de estas dos asignaturas van a ser estudiadas, Galénica o
Farmacocinética, una de ellas será olvidada, la otra no. El problema es la
elección.
Miles de conjeturas son
posibles y el camino no está claro. Dudoso, me dirijo junto a dos de mis
amigos a la maligna y blasfema calle del Libro, pues a falta de apuntes de
Galénica espero completar la información con la sabiduría acumulada en el
prohibido volumen del Tratado de Farmacia Galénica, de dos impíos autores.
Una vez allí, se localiza el
local, tan antiguo como maligno, y se entra con recelo, mirando el cielo azul
por si acaso no se volviera a ver más. El libro prohibido tiene un precio
prohibitivo, pero un hombre en mi situación necesita de esos arcanos
conocimientos. Hay pensamientos de fuga, pero el libro pesa y quién sabe
qué oscuros poderes tendrá el librero. Se hace la transacción y el libro y sus
conocimientos pasan a mis manos.
Fuera de la corruptora
influencia de esa calle, la duda reaparece: ¿Me presentaré al examen de
Galénica? Faltan pocos días y habría que estudiar bastante; por otro
lado, para Farmacocinética hay tiempo de sobra y los conocimientos son más
amplios. Sigue la duda, necesito una señal de los Dioses. Una señal de fuego o
del tipo que sea.
Sin saber cómo ni por qué, cojo
un autobús cuya línea no había tomado antes, pero que me llevará igualmente a
mi destino: mi casa, en donde podré decidir el futuro. Pero para mi sorpresa la
maligna magia del libro o tal vez algún Dios transmutado en humano hace acto de
presencia, tal como se aparecían a los grandes héroes aqueos y troyanos de la antigüedad.
En el autobús distingo una figura, totalmente idéntica a la del profesor
de galénica, el Gran Maestro. ¿Realmente es humano? ¿Se tratará de alguna
señal? Y esto es lo más importante: ¿Cómo interpretarla? Necesito un oráculo.
De vuelta a casa, las
distracciones mundanas apartan mi mente de estos prodigiosos acontecimientos,
me siento abrumado por la profundidad de conocimientos que emanan del libro. Su
peso, su aspecto, la apretada letra, denotan sufrimiento a la humanidad. Caigo
en el sueño reparador y de forma subconsciente decido no presentarme al examen
de Galénica. La señal no ha sido suficiente, no puede interpretarse con
claridad.
A la mañana siguiente me levanto
tarde pero con energías renovadas. Nada más despertar soy consciente de la
noticia, el cielo parece nublado, durante la noche una antorcha de más de cien
metros de altura se ha consumido hasta sus entrañas, ardiendo con furia.
Muchos meses habrían de pasar
hasta que, reflexionando, supiera con certeza que mi elección de no presentarme
fue un error, pero era difícil interpretar las señales en su tiempo. ¿O
tal vez la voluntad no quería hacerles caso?

Publicado originalmente en windows live spaces el 25-10-2007 a las 20:55.
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