Como todos los años, como todos
los 22 de Diciembre que puedo recordar, llega la lotería de Navidad, con
grandes aspavientos, con titulares nauseabundos rebosantes de babosería. Sin
embargo, las percepciones de ese día no me son amargas, recuerdos de tiempos de
vacaciones, de final de trimestre, de liberación, en definitiva: de
tranquilidad.
Desde siempre he recordado esos
días y desde siempre ha sido total mi indiferencia por el sorteo en sí, por sus
cuestiones domésticas. Nunca he sentido emoción o atracción hacia unas bolas
supuestamente mágicas.
La superstición.
Muchos meses antes de la fecha
fatídica, cientos, si no miles de compradores se agolpan en busca de sus
décimos ¿de la suerte? expuestos en los establecimientos de rigor. Compran
compulsivamente, sin percatarse del todo del inútil desembolso. Al igual que en
otros campos, es en el azar y en el futuro donde el pensamiento de los hombres
revela su infantilismo, sus estúpidos intentos de forzar la máquina del
destino, si es que existe. Cifras mágicas, combinaciones que producen
buenos pálpitos en la mente, números fetiche, fechas de cumpleaños de gentes
que jamás tendrán importancia, vendedores afortunados, lugares afectados por la
tragedia o por la buena estrella. Todas las combinaciones sirven para el
propósito de alimentar la vana ilusión, la esperanza ciega y estúpida.
Gastos superfluos que
inevitablemente se irán acumulando a final de mes, dineros que mejor hubieran
sido invertidos con sensatez, recaudados por el estado en este impuesto solapado
y voluntario.
El caso más esperpéntico es la
idea que sostienen y alimentan año tras año ignorantes y desaprensivos sobre la
relación entre las desgracias y la buena suerte posterior en un lugar
geográfico determinado. Por eso no faltan los que compran lotería en zonas
castigadas con las desgracias mundanas que inevitablemente suceden con cierta
frecuencia en nuestra tierra. Anualmente se dicen estas estupideces y
anualmente acaban demostrándose estúpidas, pero no hay caso. El religioso
argumenta que su particular Dios, después de haber enviado la desgracia, con
frecuencia mortal, a una población, envía después una suerte de remedo en forma
de Gordo de Navidad. ¿No han reparado estos creyentes en el hecho de que hubiera
sido mejor para su Dios evitar la catástrofe inicial? ¿O piensa que la
reparación del daño se sustenta en que forasteros se hagan ricos mientras los
lugareños murieron? Los laicos y demás, se apoyan en la mágica suerte, esa
imprecisa y esquiva diva, en el supuesto destino. Paparruchas que nunca han
conducido a puerto seguro, por más que llevan milenios navegando entre
nosotros.
El tema de los números fetiche
también parte de la irracionalidad, de la falta de sensatez. ¿Es acaso
importante para la mayoría de los hombres o para la historia misma el día exacto
del nacimiento de tu hijo, de su comunión, del aniversario de tu cuarta boda o
de la onomástica de tu cuñada obesa? ¿Significan algo esas cifras anodinas e
inconexas para alguien que no seas tú?
En donde hay azar e
incertidumbre por el futuro, siempre hay personas que lo aprovechan para ganar
dinero. Mentalistas, videntes, futurólogos y demás escoria hacen su aparición
en los medios demostrando su astucia zorril. ¿Acaso las masas no se dan cuenta
de que si realmente tuvieran esos poderes, comprarían para sí los números
premiados en vez de arrastrarse por cadenas locales con teléfonos de
adivinación?
El ritual.
Rituales estúpidos los ha
habido, los hay y los habrá. Tanto bombo y platillo se le da a la maldita
lotería que el ritual debe estar a la altura. Solemne y espectacular al mismo
tiempo. Niños, supuestamente inocentes de toda mancha de maldad por serlo,
dónde se ha visto semejante tontería, cogen las mágicas bolas una vez salen de
los ciclópeos bombos dorados y con marchita y famélica voz los cantan, como si
no bastara con verlos en directo en los medios. Una cantinela que llega a
sacarme de quicio, por su repelencia.
El ritual es largo, media mañana
o más, exasperantemente lento y largo, ideado así tal vez para que en sus
casas, miles de ludópatas declarados y otros en ciernes apunten con pasión obediente
los números de la divinidad en marchitas hojas de papel, con letra ilegible y
los dedos agarrotados por la emoción, con las pupilas dilatadas y sus globos
oculares inyectados en sangre. Para los mortales desapasionados, intolerablemente
lento. No hay escapatoria posible, el acto se encuentra en cada canal de
televisión, en cada frecuencia de radio, tronando por las calles.
Es también un espectáculo mitad
absurdo mitad curioso las voces y gritos que pegan los que se encuentran
asistiendo en directo al espectáculo en el salón de actos. Un griterío
incomprensible en cuanto salen los premios más codiciados. ¿A qué viene este
escándalo? ¿Acaso es tan espectacular que cada año, como viene siendo habitual,
de un bombo salgan varias bolas con números que formen una combinación? Hay dos
opciones, o bien a esas personas les pagan para fingir un orgasmo en directo o
bien son tan gilipollas que realmente lo tienen cuando aparecen los números
premiados. Qué panda de gilipollas recalcitrantes, más teniendo en cuenta que
lo más probable es que ninguno de ellos haya resultado agraciado.
El espectaculito de la lotería
arruina todo el día y parte de los siguientes, sin posibilidad de escape.
Participaciones.
Todos desean compartir el
destino con sus seres queridos, vecinos, compañeros, clientes y en definitiva
conocidos. Pero ¿es así realmente? ¿No se han parado a pensar algunos en lo que
significa tener que dar tal vez dos tercios de un premio a gente a la que quizá
por tradición se les dio una participación? El dinero se reparte, pierde el
valor que tenía originalmente, arruinando la empresa. Dar buena parte a la
suegra, al perro de la vecina y a otros seres que no han hecho nada por
merecerlo salvo existir. Pero la costumbre se mantiene, se reparte tanto que
surgen participaciones que rozan lo ridículo y es fácil que no pueda llevarse
la cuenta de tantas, originando sorpresas en el caso de algún posible premio,
que desde entonces se convierte en desgracia.
Esto crea también otra gran
amenaza, si el portador original del décimo lo pierde y tenía dadas
participaciones, no solo ha cometido un grave error, sino que acaba de buscarse
la ruina de forma estúpida. También existen los casos de arrepentidos a última
hora, que tras resultar agraciados y darse cuenta que con la repartición del
dinero no les merece la pena el premio, deciden ajustar las cosas a ultimísima
hora y quedarse con todo. Muchos de estos casos parecen darse en pequeñas
empresas y el arrepentido da además con sus huesos en la cárcel cuando
consiguen vencer el litigio sus antiguos buenos compañeros, pero es que no hay
muchas cosas que rompan tan rápido estos falsos compañerismos como el dinero,
con el bienestar que lleva acarreado.
El premio.
De los juegos de azar que más
reparte. Eso dicen y parece ser cierto, pero ¿son los premios lo
suficientemente grandes como para cambiar la vida de alguien de clase media
para siempre? Definitivamente no, a menos que el susodicho hubiera comprado
varios décimos agraciados con el premio máximo, cosa harto infrecuente. Lo más
a lo que puede aspirar un mortal, sin las estúpidas participaciones, es a
quitarse parte de la hipoteca, gastárselo en la entrada de un chalet o
desperdiciarlo en varios viajes no muy lujosos. Pequeños caprichos de la clase
trabajadora, que seguirá siéndolo, pues aunque se quedaran con todo el dinero
para invertirlo, las rentas no les permitirían vivir sin trabajar. "Tapar
agujeros", se dice. Qué frase más repulsiva, más asquerosa, más mundana,
qué falta de grandeza, de metas elevadas. Quizá se junte mi gusto por el ahorro
y mi aversión por las cigarras. Así pues, el premio se va sin remisión en tapar
agujeros, hipotecas en parte, en comprar los omnipresentes nuevos coches, en
dárselo a los nietos e hijos manirrotos de rigor y en unos cruceros por el
Mediterráneo. Al final, vuelta al trabajo, a la rutina sin escapatoria.
En cuanto a los premios menores,
la llamada pedrea, solo diré que son una auténtica basura y se prestan a todo
tipo de maldades. El comprador acaba gastándose más en adquirir los décimos que
en el menguado premio de algunos de ellos. Más cierto es esto si han entrado en
juego las participaciones del demonio. Si el premio es de tres o cuatro cifras,
estas participaciones pueden llegar a ser desesperantes, pero íntegramente
tampoco solucionan nada. Otra vez hay que escuchar la misma cantinela del
caprichito. ¡Cigarras! El invierno de la crisis os golpeará de todas formas y
así malgastáis lo poco que tenéis. Así os hundáis sin remisión. Premios exiguos
que acaban de forma inevitable invertidos en la Lotería del Niño, para
terminar de perderse en el sumidero del gasto.
La reacción.
Lo más curioso y nauseabundo de
la lotería es la reacción de masa de las también masas mundanas y
despreciables. En cuanto se da la localización del lugar donde se ha vendido un
premio importante, una miríada de fantoches y curiosos se da cita en el
inevitable bar de la misma calle, aparecen salidos de ninguna parte cajones con
bebidas espirituosas de alto precio y una alegría general se expande como un
peligroso veneno por la barriada. ¿Pero a santo de qué son felices estos
personajes? ¿Acaso les ha tocado a ellos? A la mayoría no. ¿Por qué se acercan
allí? ¿Para ser invitados a drogas por los que sí? Todos felices, estúpidamente
felices, como en un relato de Jorge Bucay, una sonrisa estúpida que esconde la
rabia de no haber sido agraciado, la envidia. Una ilusión que se basa en querer
gozar de la fortuna del otro por unos instantes, de sentirse ganador. Más que
risa, da tristeza. En cuanto a los ganadores, a repartir y convidar, comienza
su proceloso gasto.
Lotería, una tradición, un
impuesto, una costumbre por la que no siento ningún aprecio.
Pueblicado originalmente en windows live spaces el 24-12-2008.
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