10.19.2010

Lotería de Navidad.

LOTERÍA DE NAVIDAD

Como todos los años, como todos los 22 de Diciembre que puedo recordar, llega la lotería de Navidad, con grandes aspavientos, con titulares nauseabundos rebosantes de babosería. Sin embargo, las percepciones de ese día no me son amargas, recuerdos de tiempos de vacaciones, de final de trimestre, de liberación, en definitiva: de tranquilidad.
Desde siempre he recordado esos días y desde siempre ha sido total mi indiferencia por el sorteo en sí, por sus cuestiones domésticas. Nunca he sentido emoción o atracción hacia unas bolas supuestamente mágicas.

La superstición.
Muchos meses antes de la fecha fatídica, cientos, si no miles de compradores se agolpan en busca de sus décimos ¿de la suerte? expuestos en los establecimientos de rigor. Compran compulsivamente, sin percatarse del todo del inútil desembolso. Al igual que en otros campos, es en el azar y en el futuro donde el pensamiento de los hombres revela su infantilismo, sus estúpidos intentos de forzar la máquina del destino, si es que existe. Cifras mágicas, combinaciones que producen buenos pálpitos en la mente, números fetiche, fechas de cumpleaños de gentes que jamás tendrán importancia, vendedores afortunados, lugares afectados por la tragedia o por la buena estrella. Todas las combinaciones sirven para el propósito de alimentar la vana ilusión, la esperanza ciega y estúpida.
Gastos superfluos que inevitablemente se irán acumulando a final de mes, dineros que mejor hubieran sido invertidos con sensatez, recaudados por el estado en este impuesto solapado y voluntario.
El caso más esperpéntico es la idea que sostienen y alimentan año tras año ignorantes y desaprensivos sobre la relación entre las desgracias y la buena suerte posterior en un lugar geográfico determinado. Por eso no faltan los que compran lotería en zonas castigadas con las desgracias mundanas que inevitablemente suceden con cierta frecuencia en nuestra tierra. Anualmente se dicen estas estupideces y anualmente acaban demostrándose estúpidas, pero no hay caso. El religioso argumenta que su particular Dios, después de haber enviado la desgracia, con frecuencia mortal, a una población, envía después una suerte de remedo en forma de Gordo de Navidad. ¿No han reparado estos creyentes en el hecho de que hubiera sido mejor para su Dios evitar la catástrofe inicial? ¿O piensa que la reparación del daño se sustenta en que forasteros se hagan ricos mientras los lugareños murieron? Los laicos y demás, se apoyan en la mágica suerte, esa imprecisa y esquiva diva, en el supuesto destino. Paparruchas que nunca han conducido a puerto seguro, por más que llevan milenios navegando entre nosotros.
El tema de los números fetiche también parte de la irracionalidad, de la falta de sensatez. ¿Es acaso importante para la mayoría de los hombres o para la historia misma el día exacto del nacimiento de tu hijo, de su comunión, del aniversario de tu cuarta boda o de la onomástica de tu cuñada obesa? ¿Significan algo esas cifras anodinas e inconexas para alguien que no seas tú?
En donde hay azar e incertidumbre por el futuro, siempre hay personas que lo aprovechan para ganar dinero. Mentalistas, videntes, futurólogos y demás escoria hacen su aparición en los medios demostrando su astucia zorril. ¿Acaso las masas no se dan cuenta de que si realmente tuvieran esos poderes, comprarían para sí los números premiados en vez de arrastrarse por cadenas locales con teléfonos de adivinación?

El ritual.
Rituales estúpidos los ha habido, los hay y los habrá. Tanto bombo y platillo se le da a la maldita lotería que el ritual debe estar a la altura. Solemne y espectacular al mismo tiempo. Niños, supuestamente inocentes de toda mancha de maldad por serlo, dónde se ha visto semejante tontería, cogen las mágicas bolas una vez salen de los ciclópeos bombos dorados y con marchita y famélica voz los cantan, como si no bastara con verlos en directo en los medios. Una cantinela que llega a sacarme de quicio, por su repelencia.
El ritual es largo, media mañana o más, exasperantemente lento y largo, ideado así tal vez para que en sus casas, miles de ludópatas declarados y otros en ciernes apunten con pasión obediente los números de la divinidad en marchitas hojas de papel, con letra ilegible y los dedos agarrotados por la emoción, con las pupilas dilatadas y sus globos oculares inyectados en sangre. Para los mortales desapasionados, intolerablemente lento. No hay escapatoria posible, el acto se encuentra en cada canal de televisión, en cada frecuencia de radio, tronando por las calles.
Es también un espectáculo mitad absurdo mitad curioso las voces y gritos que pegan los que se encuentran asistiendo en directo al espectáculo en el salón de actos. Un griterío incomprensible en cuanto salen los premios más codiciados. ¿A qué viene este escándalo? ¿Acaso es tan espectacular que cada año, como viene siendo habitual, de un bombo salgan varias bolas con números que formen una combinación? Hay dos opciones, o bien a esas personas les pagan para fingir un orgasmo en directo o bien son tan gilipollas que realmente lo tienen cuando aparecen los números premiados. Qué panda de gilipollas recalcitrantes, más teniendo en cuenta que lo más probable es que ninguno de ellos haya resultado agraciado.
El espectaculito de la lotería arruina todo el día y parte de los siguientes, sin posibilidad de escape.

Participaciones.
Todos desean compartir el destino con sus seres queridos, vecinos, compañeros, clientes y en definitiva conocidos. Pero ¿es así realmente? ¿No se han parado a pensar algunos en lo que significa tener que dar tal vez dos tercios de un premio a gente a la que quizá por tradición se les dio una participación? El dinero se reparte, pierde el valor que tenía originalmente, arruinando la empresa. Dar buena parte a la suegra, al perro de la vecina y a otros seres que no han hecho nada por merecerlo salvo existir. Pero la costumbre se mantiene, se reparte tanto que surgen participaciones que rozan lo ridículo y es fácil que no pueda llevarse la cuenta de tantas, originando sorpresas en el caso de algún posible premio, que desde entonces se convierte en desgracia.
Esto crea también otra gran amenaza, si el portador original del décimo lo pierde y tenía dadas participaciones, no solo ha cometido un grave error, sino que acaba de buscarse la ruina de forma estúpida. También existen los casos de arrepentidos a última hora, que tras resultar agraciados y darse cuenta que con la repartición del dinero no les merece la pena el premio, deciden ajustar las cosas a ultimísima hora y quedarse con todo. Muchos de estos casos parecen darse en pequeñas empresas y el arrepentido da además con sus huesos en la cárcel cuando consiguen vencer el litigio sus antiguos buenos compañeros, pero es que no hay muchas cosas que rompan tan rápido estos falsos compañerismos como el dinero, con el bienestar que lleva acarreado.

El premio.
De los juegos de azar que más reparte. Eso dicen y parece ser cierto, pero ¿son los premios lo suficientemente grandes como para cambiar la vida de alguien de clase media para siempre? Definitivamente no, a menos que el susodicho hubiera comprado varios décimos agraciados con el premio máximo, cosa harto infrecuente. Lo más a lo que puede aspirar un mortal, sin las estúpidas participaciones, es a quitarse parte de la hipoteca, gastárselo en la entrada de un chalet o desperdiciarlo en varios viajes no muy lujosos. Pequeños caprichos de la clase trabajadora, que seguirá siéndolo, pues aunque se quedaran con todo el dinero para invertirlo, las rentas no les permitirían vivir sin trabajar. "Tapar agujeros", se dice. Qué frase más repulsiva, más asquerosa, más mundana, qué falta de grandeza, de metas elevadas. Quizá se junte mi gusto por el ahorro y mi aversión por las cigarras. Así pues, el premio se va sin remisión en tapar agujeros, hipotecas en parte, en comprar los omnipresentes nuevos coches, en dárselo a los nietos e hijos manirrotos de rigor y en unos cruceros por el Mediterráneo. Al final, vuelta al trabajo, a la rutina sin escapatoria.
En cuanto a los premios menores, la llamada pedrea, solo diré que son una auténtica basura y se prestan a todo tipo de maldades. El comprador acaba gastándose más en adquirir los décimos que en el menguado premio de algunos de ellos. Más cierto es esto si han entrado en juego las participaciones del demonio. Si el premio es de tres o cuatro cifras, estas participaciones pueden llegar a ser desesperantes, pero íntegramente tampoco solucionan nada. Otra vez hay que escuchar la misma cantinela del caprichito. ¡Cigarras! El invierno de la crisis os golpeará de todas formas y así malgastáis lo poco que tenéis. Así os hundáis sin remisión. Premios exiguos que acaban de forma inevitable invertidos en la Lotería del Niño, para terminar de perderse en el sumidero del gasto.

La reacción.
Lo más curioso y nauseabundo de la lotería es la reacción de masa de las también masas mundanas y despreciables. En cuanto se da la localización del lugar donde se ha vendido un premio importante, una miríada de fantoches y curiosos se da cita en el inevitable bar de la misma calle, aparecen salidos de ninguna parte cajones con bebidas espirituosas de alto precio y una alegría general se expande como un peligroso veneno por la barriada. ¿Pero a santo de qué son felices estos personajes? ¿Acaso les ha tocado a ellos? A la mayoría no. ¿Por qué se acercan allí? ¿Para ser invitados a drogas por los que sí? Todos felices, estúpidamente felices, como en un relato de Jorge Bucay, una sonrisa estúpida que esconde la rabia de no haber sido agraciado, la envidia. Una ilusión que se basa en querer gozar de la fortuna del otro por unos instantes, de sentirse ganador. Más que risa, da tristeza. En cuanto a los ganadores, a repartir y convidar, comienza su proceloso gasto.


Lotería, una tradición, un impuesto, una costumbre por la que no siento ningún aprecio.

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