10.19.2010

Mercado.

Mercado de San pascual.


Como a todas las cosas, el destino alcanzó al mercado San Pascual.

Ya nunca será como antaño, ya jamás habrá un testigo de tantos recuerdos, ahora estarán condenados a vivir en mi mente.
¿Qué será de los comerciantes? ¿Del frutero? ¿Seguirá vendiendo el revistero en el futuro? No lo sé. Ojalá pudieran, ojalá siguieran con su vida en un nuevo mercado. Nuevo, pero respetuoso con lo antiguo. El tiempo decidirá si esto es así o solo una vana ilusión.

Hubo un tiempo que recordar. Muchos de sus detalles se han perdido, otros permanecen.

Recuerdo el antiguo videoclub. Finales de los 80, principios de los 90, la new age. Estaba en una esquina del piso superior del mercado. Tal vez algo aislado. Era pequeño, acogedor. Un videoclub de barrio, donde el dueño sabía lo que vendía, donde las películas tenían calidad, ese bien que tanto se ha perdido en la actualidad. Recuerdo sus intrincados estantes, llenos de títulos desconocidos entonces por mí, sus carcasas, ostentosas, en negro profundo. BETA competía con VHS y, por el momento, parecía vencedor. Esas pequeñas cintas, que luego en casa liberaban su contenido y eran copiadas. Grandes películas y grandes recuerdos. El local cerró hace más de tres lustros. No, no verá el fin del mercado.

Recuerdo la tienda de ultramarinos, en la planta baja. Reinando desde el centro de su mundo. Con una miríada de incontables latas de todos los tamaños y formas. Desde el fondo del escaparate hasta el borde, imponentes. Algunas con productos extraños, misteriosos, nunca probados por mí o por conocidos. ¿Cómo conseguían los envasadores ganar dinero? En la parte superior, incontables cajas. Un establecimiento con clientela. Por la parte trasera, la charcutería, olor a productos de cerdo invadiendo el ambiente. Jamones cuelgan del techo como trofeos. En el mostrador, el jamón cocido, el serrano y el chóped. El bacón y la mortadela. Con aceitunas, otro placer añadido. La merienda de los chavales de principios y mediados de los noventa. Y las sempiternas bandejas con aceitunas, de todos los colores: verdes, negras, rellenas, huecas... Todas viviendo en armonía. Sin duda, el establecimiento tenía clientela.

Recuerdo la pequeña floristería de la parte superior. El perfume de mil flores llena el olfato hasta el aturdimiento. Luchando tenazmente por sobrevivir, compitiendo con las grandes floristerías del tanatorio. ¿Qué habrá sido de ella? Quién sabe.

Recuerdo la pescadería de Tori, donde también trabaja un antiguo compañero mío, los tesoros del mar, expuestos a los ojos incrédulos de los habitantes del interior. Pescados de todas clases, cefalópodos, crustáceos que quieren luchar por su vida, toda una colección de seres de pesadilla. Los lenguados que tanto ceno, de mar y de costa, siendo éste de mejor calidad. El pez que nada de lado. Ese Gallo, pescado fuerte y robusto, de cuerpo aplastado contra el fondo. El emperador, el rey del mar. Y los pescados azules, tan sabrosos como nutritivos. Y nuevamente los crustáceos, que pugnan por salir de la vitrina y escapar a su destino. Desdichados, nadie escapa al suyo. Cuántos animales extraños. Y ese hielo, siempre derritiéndose al calor de los focos, siempre reponiéndose en un proceso que parecía no tener fin. Ese líquido que cae por sumidero el mostrador metálico.

Recuerdo la pollería, a donde llegan los infortunados cadáveres de estas aves. Donde preparan los filetes como nadie. Recuerdo los huevos, de varias categorías y colores, apilados al fondo de la tienda por docenas. Recuerdo al pollero y a su hija, también pollera, una bella compañera mía. Sí, es triste que esa tienda desaparezca. Las moscas, invitados no deseados, hacen aparición asombrando a los humanos con acrobacias aéreas imposibles y más tarde mueren, quedando sus cuerpos como mudos testigos de la hazaña.

Recuerdo la carnicería, con sus ricas viandas, en la parte superior del mercado. Una tienda existente desde el principio, cómo partían los filetes con maestría, qué clase, qué estilo, esa forma de pesarlos. Y luego envolverlos en ese papel marrón acartonado. Vacunos, cerdos, aquí tenían todos su lugar. Misteriosos productos preparados, de nombres exóticos, de apariencia inquietante.

Recuerdo la bodega, en el mercado, pero entrando por fuera. Un olorcillo a vino recibe al visitante. Cientos de botellas con alcoholes, refrescos y aguas varias llenan aquel pequeño establecimiento. Unos precios altísimos, el vecino comprando vino a escondidas. Recuerdos de antaño.

Recuerdo el quiosco, también con entrada desde la calle. Esas revistas pornográficas situadas en el escaparate para incitar al consumidor. Esas revistas del corazón. La prensa de calidad, las colecciones. Y el dueño, mejor no hablaré de él: un hombre con una fisonomía desgraciada, con un rostro de una inmensa fealdad, casi amorfo, deforme. Una desgraciada vida debe haber llevado. Siempre metido dentro de su cubículo, vendiendo objetos de un mundo al que no pertenece del todo, manteniéndose, sobreviviendo. De pocas palabras y no muy amistoso de trato. Cada vez que salía a la calle, se cercioraba que no hubiera clases en mi colegio, pues desde las ventanas le insultaban algunos de mis compañeros, unos canallas, llegando a tirarle basura. Sí, el será testigo del cambio. ¿Sobrevivirá en el nuevo mercado?

Recuerdo su calle principal, transitada continuamente por mí al volver del colegio, recuerdo los olores putrefactos que salían de las basuras mal colocadas, los restos de verduras mal limpiados. La gente entrando y saliendo con sus carritos, ese abuelo que va a por los huevos, esa esforzada madre haciendo la compra y a la vez vigilando a sus vástagos, absortos en fastidiar, curiosos por descubrir. 

Recuerdo el bar de la esquina, a pesar de que nunca entré en el. Siempre lleno, rebosante de vida. ¿Qué será de él ahora?
¿Qué será de la farmacia, del frutero, de las enmarcadoras?

¿Qué será de la mercería, en donde compraba el chándal del colegio? Un establecimiento situado también con la puerta fuera del mercado, pero integrado en el mismo. Aquellos uniformes escolares, aquellas rodilleras azul marino, nunca del mismo color que el pantalón  Aquellos arreglos de antaño. ¿Dónde se equiparán ahora los alumnos de los colegios? En otro lugar con menos historia que este famoso local.

Recuerdo ir de pequeño con mi madre, con mis tíos y con mi abuela. Aquellas colas, los tickets, la máquina de tickets, la gente. El tiempo transcurría de forma más lenta en aquellos años, las tardes parecían días, las colas, interminables. Ese mercado algo desvencijado, con escaleras viejas, la techumbre con cristales rotos o ennegrecidos, las tiendas cerradas y las que resisten.
Sí, pasaré por allí antes del fin, para empaparme de sus detalles.


Nuevos tiempos llegan, quizás un aparcamiento lucirá orgulloso en los subterráneos, un Mercadona, en la parte superior, pero jamás significarán para mí lo mismo que este antiguo mercado. Signo de los tiempos.

2 comentarios:

  1. Publicado originalmente en windows live spaces el 11-03-2008

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  2. El 24 de julio de 2014 Aeolis cumplió su promesa, recorriendo las instalaciones del viejo mercado antes del fín.

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