Como a todas las cosas,
el destino alcanzó al mercado San Pascual.
Ya nunca será como antaño, ya
jamás habrá un testigo de tantos recuerdos, ahora estarán condenados a vivir en
mi mente.
¿Qué será de los comerciantes?
¿Del frutero? ¿Seguirá vendiendo el revistero en el futuro? No lo sé. Ojalá
pudieran, ojalá siguieran con su vida en un nuevo mercado. Nuevo, pero
respetuoso con lo antiguo. El tiempo decidirá si esto es así o solo una vana
ilusión.
Hubo un tiempo que recordar.
Muchos de sus detalles se han perdido, otros permanecen.
Recuerdo el antiguo videoclub.
Finales de los 80, principios de los 90, la new age. Estaba en una esquina del
piso superior del mercado. Tal vez algo aislado. Era pequeño, acogedor. Un
videoclub de barrio, donde el dueño sabía lo que vendía, donde las películas
tenían calidad, ese bien que tanto se ha perdido en la actualidad. Recuerdo sus
intrincados estantes, llenos de títulos desconocidos entonces por mí, sus
carcasas, ostentosas, en negro profundo. BETA competía con VHS y, por el
momento, parecía vencedor. Esas pequeñas cintas, que luego en casa liberaban su
contenido y eran copiadas. Grandes películas y grandes recuerdos. El local
cerró hace más de tres lustros. No, no verá el fin del mercado.
Recuerdo la tienda de
ultramarinos, en la planta baja. Reinando desde el centro de su mundo. Con una
miríada de incontables latas de todos los tamaños y formas. Desde el fondo del
escaparate hasta el borde, imponentes. Algunas con productos extraños,
misteriosos, nunca probados por mí o por conocidos. ¿Cómo conseguían los
envasadores ganar dinero? En la parte superior, incontables cajas. Un
establecimiento con clientela. Por la parte trasera, la charcutería, olor a
productos de cerdo invadiendo el ambiente. Jamones cuelgan del techo como
trofeos. En el mostrador, el jamón cocido, el serrano y el chóped. El bacón y
la mortadela. Con aceitunas, otro placer añadido. La merienda de los chavales
de principios y mediados de los noventa. Y las sempiternas bandejas con
aceitunas, de todos los colores: verdes, negras, rellenas, huecas... Todas
viviendo en armonía. Sin duda, el establecimiento tenía clientela.
Recuerdo la pequeña floristería
de la parte superior. El perfume de mil flores llena el olfato hasta el
aturdimiento. Luchando tenazmente por sobrevivir, compitiendo con las grandes
floristerías del tanatorio. ¿Qué habrá sido de ella? Quién sabe.
Recuerdo la pescadería de Tori,
donde también trabaja un antiguo compañero mío, los tesoros del mar, expuestos
a los ojos incrédulos de los habitantes del interior. Pescados de todas clases,
cefalópodos, crustáceos que quieren luchar por su vida, toda una colección de
seres de pesadilla. Los lenguados que tanto ceno, de mar y de costa, siendo éste
de mejor calidad. El pez que nada de lado. Ese Gallo, pescado fuerte y robusto,
de cuerpo aplastado contra el fondo. El emperador, el rey del mar. Y los
pescados azules, tan sabrosos como nutritivos. Y nuevamente los crustáceos, que
pugnan por salir de la vitrina y escapar a su destino. Desdichados, nadie
escapa al suyo. Cuántos animales extraños. Y ese hielo, siempre derritiéndose
al calor de los focos, siempre reponiéndose en un proceso que parecía no tener
fin. Ese líquido que cae por sumidero el mostrador metálico.
Recuerdo la pollería, a donde
llegan los infortunados cadáveres de estas aves. Donde preparan los filetes
como nadie. Recuerdo los huevos, de varias categorías y colores, apilados al
fondo de la tienda por docenas. Recuerdo al pollero y a su hija, también
pollera, una bella compañera mía. Sí, es triste que esa tienda desaparezca. Las
moscas, invitados no deseados, hacen aparición asombrando a los humanos con
acrobacias aéreas imposibles y más tarde mueren, quedando sus cuerpos como
mudos testigos de la hazaña.
Recuerdo la carnicería, con sus
ricas viandas, en la parte superior del mercado. Una tienda existente desde el
principio, cómo partían los filetes con maestría, qué clase, qué estilo, esa
forma de pesarlos. Y luego envolverlos en ese papel marrón acartonado. Vacunos,
cerdos, aquí tenían todos su lugar. Misteriosos productos preparados, de
nombres exóticos, de apariencia inquietante.
Recuerdo la bodega, en el
mercado, pero entrando por fuera. Un olorcillo a vino recibe al visitante.
Cientos de botellas con alcoholes, refrescos y aguas varias llenan aquel
pequeño establecimiento. Unos precios altísimos, el vecino comprando vino a
escondidas. Recuerdos de antaño.
Recuerdo el quiosco, también con
entrada desde la calle. Esas revistas pornográficas situadas en el escaparate
para incitar al consumidor. Esas revistas del corazón. La prensa de calidad,
las colecciones. Y el dueño, mejor no hablaré de él: un hombre con una
fisonomía desgraciada, con un rostro de una inmensa fealdad, casi amorfo,
deforme. Una desgraciada vida debe haber llevado. Siempre metido dentro de su
cubículo, vendiendo objetos de un mundo al que no pertenece del todo,
manteniéndose, sobreviviendo. De pocas palabras y no muy amistoso de trato.
Cada vez que salía a la calle, se cercioraba que no hubiera clases en mi colegio,
pues desde las ventanas le insultaban algunos de mis compañeros, unos canallas,
llegando a tirarle basura. Sí, el será testigo del cambio. ¿Sobrevivirá en el
nuevo mercado?
Recuerdo su calle principal,
transitada continuamente por mí al volver del colegio, recuerdo los olores
putrefactos que salían de las basuras mal colocadas, los restos de verduras mal
limpiados. La gente entrando y saliendo con sus carritos, ese abuelo que va a
por los huevos, esa esforzada madre haciendo la compra y a la vez vigilando a
sus vástagos, absortos en fastidiar, curiosos por descubrir.
Recuerdo el bar de la esquina, a
pesar de que nunca entré en el. Siempre lleno, rebosante de vida. ¿Qué será de
él ahora?
¿Qué será de la farmacia, del
frutero, de las enmarcadoras?
¿Qué será de la mercería, en
donde compraba el chándal del colegio? Un establecimiento situado también con
la puerta fuera del mercado, pero integrado en el mismo. Aquellos uniformes
escolares, aquellas rodilleras azul marino, nunca del mismo color que el
pantalón Aquellos arreglos de antaño. ¿Dónde se equiparán ahora los
alumnos de los colegios? En otro lugar con menos historia que este famoso
local.
Recuerdo ir de pequeño con mi
madre, con mis tíos y con mi abuela. Aquellas colas, los tickets, la máquina de
tickets, la gente. El tiempo transcurría de forma más lenta en aquellos años,
las tardes parecían días, las colas, interminables. Ese mercado algo
desvencijado, con escaleras viejas, la techumbre con cristales rotos o ennegrecidos,
las tiendas cerradas y las que resisten.
Sí, pasaré por allí antes del
fin, para empaparme de sus detalles.
Nuevos tiempos llegan, quizás un
aparcamiento lucirá orgulloso en los subterráneos, un Mercadona, en la parte
superior, pero jamás significarán para mí lo mismo que este antiguo mercado.
Signo de los tiempos.
Publicado originalmente en windows live spaces el 11-03-2008
ResponderEliminarEl 24 de julio de 2014 Aeolis cumplió su promesa, recorriendo las instalaciones del viejo mercado antes del fín.
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