Las Vallas.
La urbanización era en tiempos abierta y libre, con céspedes y
jardines cuidados y respetados. Las únicas vallas que podían existir eran las
que la separaban de otras urbanizaciones menos cuidadosas y, por supuesto, los
omnipresentes setos de arizónica.
Pero aún así, era libre la entrada a cualquiera.
Pero todo principio tiene un final y el de los jardines abiertos
comenzaría a finales de la década de los 90, con el vallado de algunos de los
bloques más cercanos al pueblo. La explicación era obvia: gamberrismo.
Quién sabe si los vecinos tenían razón o si se trataba de cuatro
viejos amargados que querían impedir que jugaran los niños, el caso es que
vallaron su bloque.
Tiempo después, el vandalismo comenzó a ser un problema, sobre
todo, por las noches. Esto decidió a los vecinos de algunos portales de cierto
bloque de cuyo nombre no quiero acordarme a vallar también sus jardines e,
ilegalmente, una zona conocida por ser un paso público.
Comenzaron los enfrentamientos entre estos vecinos y otros,
defensores de la justicia, que acabaron con la retirada vergonzosa de las
vallas que estaban en situación ilegal. No obstante, el paso permaneció
vallado, una Cisjordania en pequeño.
Por todas partes surgieron vallas y lo que era una urbanización
libre se convirtió en un campo de trabajo. Hubo vecinos que, viviendo en un
bajo, quisieron también tener jardín y vallaron por su cuenta una parte de la
zona común, poniendo allí sus parras, arbolitos y hamacas porque ellos lo
valían.
¿Y mi bloque? Tenía setos de arizónica, pero más tarde que
pronto también cayó con la locura de las vallas. Y no una, sino dos. Valla
doble, más avanzada que la de Melilla y rivalizando con la frontera Tejana. El
problema era aquí el mismo: vandalismo. Y grave. Los botelloneros se
introducían furtivamente amparados por la oscuridad de la noche y en los
garajes hacían pintadas, realizaban hogueras y rayaban los coches. Ante esta
amenaza se decidió poner una valla en la entrada a los garajes por las
malas y así se hizo, creando un lamentable espectáculo. Pero el final de
la historia no carece de cierta ironía, los vecinos del siguiente portal
decidieron por su parte imitar el ejemplo, así que dos vallas consecutivas
adornan ahora la entrada, con sus reflejos de la luz del sol.
El efecto de las vallas puede que en algunos casos haya conseguido
sus fines, pero en otros ha creado aberraciones. En las zonas comunes no
valladas, en las zonas de los jardines que no se vallaron, las plantas han sido
sustituidas por cientos de mierdas caninas como metáfora del futuro. La basura
que cae dentro de los jardines vallados permanece allí hasta que se desintegra
por sus propios medios, a veces por desidia, otras por la imposibilidad técnica
al no haber construido puertas y en tercer lugar por la aparición de los
Señores de las Llaves, intrigantes vecinos megalómanos que tienen en sus manos
el poder de abrir las pocas puertas que existen. ¿Y las zonas comunes valladas?
Una palabra lo dice todo: Secas.
¿Qué nuevas vallas traerá el futuro? Por lo pronto, la nueva
valla del Coto, alta y con refuerzo de muro de piedra en su base. Todo vallado,
todo acotado. No queda sitio para la libertad.
Publicado originalmente en windows live spaces 18-10-2007 20:38.
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