10.19.2010

Paradise Lost III

Paradise Lost 3: El Ruido

Era este un mundo tranquilo, sosegado, de naturaleza viva. Los ruidos de la civilización se oían breves, lejanos, rápidamente olvidados. Un coche aparcar, niños jugando a lo lejos, un perro aún más lejano, ladrándole a algún desconocido. Era todo paz y quietud en la orilla del campo.
En las mañanas se oía a los pájaros trinar, el ruido del aire en las ramas de los árboles. Hacia el mediodía los vecinos preparando sus viandas, ruido de vida. Por la tarde, avispas cruzaban veloces los cielos, una tormenta de verano, con sus sonidos característicos, todos ellos grandiosos. A la noche, un millar de grillos cantaban en la oscuridad, despidiendo la jornada.

Pero el destino también alcanzó al silencio, a los ruidos naturales.
Dos grandes enemigos tiene ahora el silencio, dos enemigos traidores, que atacan inmisericordes: los botelloneros y el tráfico.

¿De dónde surgió ese ruido constante, atormentador, insidioso? Esos coches lejanos, esa carretera que no localizo, día y noche truenan. Día y noche rompen el silencio del campo, ya no se oyen grillos, ni las hojas caer, un runrún maléfico las ha reemplazado. ¿Procede ese enemigo de la carretera principal, la que existía de toda la vida? Quien sabe. Pero el tráfico está ahí y se hace notar. Con este panorama, se pierde la lejanía, todo está ahora más próximo y conectado. Tal vez sea una ampliación de la carretera, una autovía, un bypass... ¡Malditos sean, por perturbar la calma inerte de la naturaleza!

Al igual que su hermana mayor, la carretera, los coches aislados se han multiplicado también por la zona. Sus propietarios se enorgullecen de ellos y hacen gala de su belleza de líneas ostentándolos por todas partes. Que si subo por aquí, que si ahora voy para allá, que paso por esta zona. Voy a comprar el pan en coche aunque está a cien metros el local, pero hay una cuesta y a mis grasas no les gusta moverse. Coches pasando por todas partes. No falta tampoco el amigo del Hardcore, que enseña al mundo de forma gratuita la potencia de su equipo.

Indiferente es el primer factor, por inerte. Malvado es el segundo, por consciente. Botelloneros, la solo mención de la palabra infunde fuertes sentimientos entre los vecinos, mucho daño han hecho ya y mucho más piensan hacer. Son sus propios hijos, sus nietos, que de este modo se rebelan contra los mayores al igual que las crías de araña se comen a su progenitora. Hacen ruido porque sí, por joder, porque es más sencillo destruir que admitir que son incapaces de crear. Y se han convertido en uno de los mayores factores de destrucción.

Primero estaban en las casas cercanas al mirador, convirtiendo en un infierno particular las noches de los moradores, luego se trasladaron más cerca. ¿Son los mismos? Quién sabe, pero molestan. Los vecinos destruyeron los antiguos bancos de piedra, en un intento por acabar con ellos, destruyeron sus propios garajes. No acabaron con el problema. Aparecen a primeras horas de la tarde, metiendo ruido: motos, megáfonos... Hay varios grupos, uno formado por verdaderas escorias de la sociedad, otros normales. Ambos meten ruido. Se van a pillar, descansan los vecinos. Vuelven y lo hacen jodiendo. Así toda la noche.
A la madrugada, cuando todo está en calma y se oyen solo los ruidos de la pérfida carretera, aparecen varios de estos seres y se ponen a hablar un rato, para desvelar a la gente. Si bebieran, más normal sería, pero se ponen a hablar, asustando a insectos y humanos.


Sí, se ha perdido el silencio y puede que para siempre.

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