En aquellos tiempos, cuando
había pocos habitantes y la naturaleza convivía con los hombres, cuando había
inviernos largos y severos, cuando todo estaba en construcción o sin
construir, existió la
Carnicería de Ramón.
Solo, sin competencia alguna, en
el centro vital de la urbanización, en su corazón mismo se alzó el local de la
carnicería, parada obligada para todos los habitantes, proveedor de bienes
esenciales. Era un local grande, con dos entradas, la pequeña de cara al
exterior y la principal dentro de las insólitas entrañas de la galería
comercial. Se hizo de oro, nadie osaba contradecir sus precios, todos le
compraban todo. Su fama de avaro estaba bien merecida, otra fama, de gay,
también lo estaba.
Dentro del local, todo tipo de
alimentos nos daban la bienvenida, congelados, carnes, bebidas del tiempo,
productos de limpieza, latas misteriosas que contenían conservas para aburrir.
Hasta chicos de los recados tuvo necesidad de contratar, por lo amplio de
su clientela. Bolsas llenas de agua a la entrada impedían a los voladores
entrar, reflejando la luz en un millar de puntos. Sus verduras, siempre frescas
hasta que eran vendidas o tiradas al centro comercial, generando extraños
olores. Esos bolsos de plástico, esos pasillos dentro del establecimiento, esa
luz mortecina que resguardaba del calor en verano y le daba un
aire monacal en invierno. Un genio, de los primeros que llevaba la compra
a casa, adelantándose a Caprabo, el que cobraba el doble por una bebida fria
que por su homónima del tiempo, pero a la vez de buen corazón, haciendo favores
a los vecinos y dejándose engañar por sus diversos novios, que le quitaron
buena parte del dinero que él previamente sacó a la vecindad.
Tenía de todo, sí, a precios
altísimos, pero su fin llegaría en oleadas, desgastándole. Primero mejoraron
las comunicaciones con los locales del pueblo, tiendas de barrio y
pequeños supermercados, luego, el Pryca de Las Rozas. Su clientela se fue
yendo, en busca de precios más bajos, de mayor variedad. Los productos de la
tienda fueron disminuyendo en tamaño, que no en precio. Aparecieron las
históricas pintadas en el interior del centro comercial: "Ramón
maricón" y "Marica Aljoma." Quién estaba detrás de ellas es un
misterio todavía. ¿Un novio despechado? ¿Un empleado despedido? Posiblemente
nunca se sabrá. La clientela siguió menguando, ya solo iban los antiguos
vecinos y a por productos de los que tenían necesidad inmediata. Cada vez el
local parecía más sórdido, más enfermo, como aquejado de una peste. Las
verduras comenzaron a pudrirse en demasía, los productos escasearon y algunos
se acercaron a su fecha de caducidad sin venderse. Otros la sobrepasaron.
La misma muerte lenta que
padeció la tienda fue la que tuvo el desgraciado Ramón, enfermo de Sida. Tras
un invierno bastante enfermo, murió en primavera. Durante ese tiempo parece que
existiera un vínculo, una relación entre el propietario y su tienda, como si
sus destinos estuvieran unidos. La tienda permaneció cerrada, deteriorándose.
Con los productos muriendo en su interior, con sus instalaciones viniéndose
abajo. Era la imagen de la decadencia, de la degradación, del fin. El propio
local era un enfermo de paliativos, un anciano sin posibilidad de cura.
Una vez desaparecido su primer
propietario, el local permaneció cerrado durante años, pareciera que una
maldición, un sello se hubiera plantado en aquel lugar, que impidiera a otro
ser colonizarlo. Como un lugar maldito, una sombra en un lugar soleado, el
local dejó sentir su silenciosa presencia en la comunidad. A través de los
huecos que dejaban los pequeños cristales tapiados se adivinaba un lugar
lóbrego, frio, oscuro, triste e imbuido de una sensación de muerte, de
oposición a la fuerza vital que tanto derrochaba la terraza veraniega del lado opuesto.
Vencida la reticencia por fin y
pasados los años suficientes para que fueran exorcizados los demonios, el local
siguió vacío, como un fantasma. Nunca tuvo oportunidad de llevar una nueva vida
en otras manos, en otra actividad. Pocos residentes originales quedan también
para contar el relato. Parece que la llegada del milenio hubiera dado origen a
un mundo totalmente nuevo, que ya no hubiera allí nada de lo antiguo. Solo el
tiempo dirá si aquel espacio está libre de la maldición, o si ésta, habiéndose
separado de su primer portador, hubiera permanecido dormida bajo el suelo
esperando un cuerpo nuevo.
Publicado originalmente en windows live spaces el 24-06-2008.
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