10.19.2010

Paradise Lost IV

Paradise Lost 4: Ramón.

En aquellos tiempos, cuando había pocos habitantes y la naturaleza convivía con los hombres, cuando había inviernos largos y severos, cuando todo estaba en construcción o sin construir, existió la Carnicería de Ramón.

Solo, sin competencia alguna, en el centro vital de la urbanización, en su corazón mismo se alzó el local de la carnicería, parada obligada para todos los habitantes, proveedor de bienes esenciales. Era un local grande, con dos entradas, la pequeña de cara al exterior y la principal dentro de las insólitas entrañas de la galería comercial. Se hizo de oro, nadie osaba contradecir sus precios, todos le compraban todo. Su fama de avaro estaba bien merecida, otra fama, de gay, también lo estaba.

Dentro del local, todo tipo de alimentos nos daban la bienvenida, congelados, carnes, bebidas del tiempo, productos de limpieza, latas misteriosas que contenían conservas para aburrir. Hasta chicos de los recados tuvo necesidad de contratar, por lo amplio de su clientela. Bolsas llenas de agua a la entrada impedían a los voladores entrar, reflejando la luz en un millar de puntos. Sus verduras, siempre frescas hasta que eran vendidas o tiradas al centro comercial, generando extraños olores. Esos bolsos de plástico, esos pasillos dentro del establecimiento, esa luz mortecina que resguardaba del calor en verano y le daba un aire monacal en invierno. Un genio, de los primeros que llevaba la compra a casa, adelantándose a Caprabo, el que cobraba el doble por una bebida fria que por su homónima del tiempo, pero a la vez de buen corazón, haciendo favores a los vecinos y dejándose engañar por sus diversos novios, que le quitaron buena parte del dinero que él previamente sacó a la vecindad.

Tenía de todo, sí, a precios altísimos, pero su fin llegaría en oleadas, desgastándole. Primero mejoraron las comunicaciones con los locales del pueblo, tiendas de barrio y pequeños supermercados, luego, el Pryca de Las Rozas. Su clientela se fue yendo, en busca de precios más bajos, de mayor variedad. Los productos de la tienda fueron disminuyendo en tamaño, que no en precio. Aparecieron las históricas pintadas en el interior del centro comercial: "Ramón maricón" y "Marica Aljoma." Quién estaba detrás de ellas es un misterio todavía. ¿Un novio despechado? ¿Un empleado despedido? Posiblemente nunca se sabrá. La clientela siguió menguando, ya solo iban los antiguos vecinos y a por productos de los que tenían necesidad inmediata. Cada vez el local parecía más sórdido, más enfermo, como aquejado de una peste. Las verduras comenzaron a pudrirse en demasía, los productos escasearon y algunos se acercaron a su fecha de caducidad sin venderse. Otros la sobrepasaron.

La misma muerte lenta que padeció la tienda fue la que tuvo el desgraciado Ramón, enfermo de Sida. Tras un invierno bastante enfermo, murió en primavera. Durante ese tiempo parece que existiera un vínculo, una relación entre el propietario y su tienda, como si sus destinos estuvieran unidos. La tienda permaneció cerrada, deteriorándose. Con los productos muriendo en su interior, con sus instalaciones viniéndose abajo. Era la imagen de la decadencia, de la degradación, del fin. El propio local era un enfermo de paliativos, un anciano sin posibilidad de cura.

Una vez desaparecido su primer propietario, el local permaneció cerrado durante años, pareciera que una maldición, un sello se hubiera plantado en aquel lugar, que impidiera a otro ser colonizarlo. Como un lugar maldito, una sombra en un lugar soleado, el local dejó sentir su silenciosa presencia en la comunidad. A través de los huecos que dejaban los pequeños cristales tapiados se adivinaba un lugar lóbrego, frio, oscuro, triste e imbuido de una sensación de muerte, de oposición a la fuerza vital que tanto derrochaba la terraza veraniega del lado opuesto.


Vencida la reticencia por fin y pasados los años suficientes para que fueran exorcizados los demonios, el local siguió vacío, como un fantasma. Nunca tuvo oportunidad de llevar una nueva vida en otras manos, en otra actividad. Pocos residentes originales quedan también para contar el relato. Parece que la llegada del milenio hubiera dado origen a un mundo totalmente nuevo, que ya no hubiera allí nada de lo antiguo. Solo el tiempo dirá si aquel espacio está libre de la maldición, o si ésta, habiéndose separado de su primer portador, hubiera permanecido dormida bajo el suelo esperando un cuerpo nuevo.


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