Cuando las luces de la tarde van muriendo lentamente, cuando
pálidos brillos amarillos se reflejan antes de extinguirse en homenaje al
estío.
Atrás quedaron los luminosos días, los dorados ocasos del
crepúsculo. El calor se desvanece anunciando el reino del frío, se pierde como
el agua entre los dedos. Es una luz melancólica y hermosa, pero fría y falta de
ardor. Digna y altiva. Los últimos rayos de sol lamen los tejados mientras la
oscuridad ya se ha apoderado de las vacías calles, antes de la iluminación
artificial, con una pesada sombra azul. Oscuridad azul en los portales, en las aceras sembradas
de coches, en los cerrados comercios, oscuridad nada más. En lo más alto brillos
metálicos sobre el silencio que impone el frío. Aves encaramadas en sus
atalayas, quietas y silenciosas. Campa el viento a sus anchas, una corriente
dura e implacable que llega en oleadas cortando la respiración. En el horizonte
nubes oscuras, macizas, pesadas, secas, avanzan sin decidir el rumbo, cúmulos
otrora algodonosos y ahora negros como la noche, con rosados penachos allí
donde la luz los consagra. Un último esfuerzo antes de caer rendidos ante el
amarillo, el enfermizo amarillo que surge de todas partes, globoso,
impertinente. Viene como una avalancha imparable, destruyendo los bellos colores
de la naturaleza. Las nubes antes oscuras renacen como formas lechosas en la
oscuridad total del cielo. Continúan avanzando, uniéndose, recorriendo las distancias hasta
formar un manto luminiscente que brilla con enfermiza persistencia. La
temperatura baja y en las calles informes y anodinas sombras oscuras recorren
aprisa sus destinos. Es el frío el amo de este mundo dorado y negro.
Publicado originalmente en windows live space el 29-11-2009.
ResponderEliminarGenial!, la verdad que no sé cómo un paisaje urbano puede evocarte tanto...
ResponderEliminarMe encanta, me envuelve...
Pipety