Nuestro
héroe se dispone a pasar la tarde dando un paseo en bicicleta por el coto, como
todos los días a esas horas. Monta en su corcel mecánico sin prisas, todo está
en orden. Siente su capacidad de control en el manillar, en el asiento, en los
pedales, se siente poderoso. Vuelve a repasar sus cosas, una botella de agua y
un bocadillo. Se despide con un beso de pico de su novia y sus familiares
políticos. Le esperan los caminos de tierra del coto, con sus piedras, sus
baches, sus arbustos, sus pendientes y sus curvas. No es un recorrido duro,
pero algo de ejercicio se agradece.
Sube el otro pie poniéndolo en los pedales, ahora la
bicicleta se mueve ligeramente, comienza el recorrido. Todo parece perfecto, la
máquina se desliza sobre el asfalto de las calles con un sonido continuo y
firme. El movimiento es fluido, la velocidad generosa. Pronto llega al muro de
piedra que separa el coto, baja de la montura y lo atraviesa con algo de
dificultad. Ya está dentro. Vuelve a subir a la máquina dando un soplido y
comienza de nuevo su pedaleo, que le lleva a desaparecer en una curva tras unas
jaras.
Las chinas van saltando al paso de la bicicleta con un
tintineo anárquico, el camino no es tan fácil ahora, hay que esforzarse y el
terreno no está totalmente nivelado. Nuestro héroe comienza a transpirar, no
hace tanto calor aunque sea verano, pero el ejercicio le fatiga. Hace una pausa
y desenroscando el tapón bebe un poco de agua del canal de Isabel II en una
botella reutilizada de Bezoya. Secándose el sudor de la frente otea el camino
frente a él. Se encuentra en el nacimiento del camino principal, con una suave
pero ininterrumpida pendiente. “Vamos a ello”, se dice. Y comienza el ejercicio
de verdad.
La pendiente no se hace muy dura, ya había entrado en
calor. El tiempo acompaña, comienza a soplar una débil brisa que refresca y
varias nubes de calor tapan el sol. El camino es agradable, a los lados
culebrillas se mueven inquietas, los insectos siguen con sus vidas y algún
saltamontes se atreve a brincar por encima de las pajas secas. Nuestro Héroe
pasa la casa-árbol construida por los chicos de la urbanización tiempo atrás.
Parece tan incompleta como siempre. Ve las rocas en donde los vecinos suelen
tumbarse a tomar el sol. Ahora no se ve un alma en el coto, el lugar está
solitario. “Debe ser por la hora”, se dice.
Ya ha llegado al final del camino, no ha tardado nada.
Vuelve la cabeza y ve el camino recorrido, al fondo, por encima de las copas de
los árboles, se alzan los bloques de la urbanización y más allá las montañas.
La Mujer Muerta se observa indolente desde la lejanía, las cumbres del Siete
Picos le miran arrogantes en las alturas. Vuelve a la carga, el camino se hace
angosto pero pasable. Las piedras crecen en número y afilan sus aristas, pero
no son barreras insuperables. Cambio de marchas y nuestro Héroe prosigue sin
dificultad. Después de esta vereda, llega al camino de los Oriol, bordeado de
pinos, ancho y preparado para el paso de vehículos a motor.
Lo recorre tranquilo, no es como el cemento pero casi. La
luz que dejan pasar las nubes se filtra entre las ramas de los pinos, la tarde
es preciosa. El camino se acaba, como todos los que ha recorrido hasta ahora.
Continúa el paseo por otra senda de tierra, ancha y tortuosa. Nuestro héroe
sabe de dónde viene: de la presa. No le interesa ir allí, se encuentra
fatigado. También conoce a dónde va: a Galapagar. Pero el camino es más largo
aún. No va a continuar, está cansado. Así que da la vuelta, arrastrando el pie
por la tierra y pone rumbo al hogar.
Vuelve por el camino de piedra, llega a la senda y desde la
altura, ve a lo lejos pasar veloz un tren de mercancías, el sonido surge
atenuado por la distancia. Con la misma dirección que el tren, su bicicleta
pone rumbo al camino principal. Ahora se hace fácil el regreso, todo es cuesta
abajo, ya no pedalea, coge velocidad en la pendiente. Cada vez va más rápido,
pero controlando el ritmo para no desbocarse. Sí, la vuelta es más fácil que la
ida.
De repente, surge un punto en el cielo. No le presta
atención. El punto se convierte en una sombra. Sigue centrado en su camino.
Ruido de motor. Es una avioneta que desciende rápidamente. Nuestro héroe la ve
de refilón, asustado gira la cabeza. Pierde el control de su máquina, todo se
hace confuso.
La novia y los familiares políticos de nuestro héroe están
algo preocupados, ellos también salen a pasear por el coto, pero a pie. En una de
las entradas se cruzan con él. Tiene las piernas hechas una pena, algún corte profundo
en el codo, la camiseta y el pantalón llenos de tierra. La cara entre asustado,
irritado y avergonzado, con la mirada baja. La bicicleta presenta varios
destrozos, el eje vertical partido en dos. Posteriormente, el dependiente de la
tienda de reparaciones diría que nunca había visto nada igual. Los daños de la
bicicleta son imposibles de arreglar; por fortuna, un par de puntos y mucha
desinfección arreglan al jinete.
El aviador acrobático se ha cobrado una nueva víctima.
Publicado originalmente en windows live spaces el 25-12-2007.
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