En un principio había dos. Por
un tiempo fue bueno.
Dos, de los que saldrían todos
los demás. Eva y Adán primigenios. No tenían nombre. De la pajarería llegaron,
de su hogar tomaron posesión. Una jaula grande, espaciosa, con una casa en su
interior y una rueda giratoria.
En un principio pacíficos,
llenos de energía. Él, marrón con el vientre blanco, ella, toda de color
dorado. Nadie sabe si hubo amor, ni importa, su misión era procrear y así lo
hicieron en múltiples ocasiones.
La procreación del hámster es
sencilla, el macho, movido por el deseo como sus homólogos humanos, monta a la
hembra, la cual algunas veces le ha excitado previamente con posiciones
provocativas y un asqueroso y repugnante olor almizclado a flujo vaginal, que penetra
hasta los huesos pero que a los machos resulta irresistible. La cópula resulta
breve, unos pocos segundos aguanta el macho, debido a sus compulsivos
movimientos. No se sabe ni se sabrá jamás si la hembra queda satisfecha, poco
le importa a su machista compañero. Una vez saciado, se lame sus partes,
haciendo honor al dicho "el buey solo bien se lame."
Numerosos coitos de ese tipo se
producirán las horas siguientes, asegurando la fecundación de estos prolíficos
roedores.
Animales curiosos, omnivoros,
vivarachos, duermen profundamente todos apiñados, graciosa la bolsa de alimento
de sus carrillos, de dientes largos, armas ocultas y poderosas. Amigos de las
pipas y los frutos secos, enemigos de felinos y cánidos.
De dieta variada y equilibrada:
lechugas y zanahorias, todo tipo de frutos secos, los famosos palos, de venta
en tiendas y otras viandas.
Pronto se hicieron vagos, sin
saberse nunca las razones de dicho comportamiento, la rueda, cada vez menos
utilizada y cada vez más aficionados a la comida.
La limpieza no era muy
trabajosa, debido a que eran sólo dos, pero aún así, pises y cacas son
desagradables, pequeños tubitos de mierda, que a veces son ingeridos por los
propios animales.
Pronto ella quedó embarazada, al
macho, al cabo de un tiempo, se le separó, para que no importunase a su
compañera. También por miedo a que movido por los celos o el hambre repitiera
la gesta de Urano y devorase a sus propios hijos. Así pues, él quedó en la
jaula de un antiguo pájaro, feliz y tranquilo, viviendo una existencia reposada
mientras en la otra jaula sus hijos iban creciendo. La hembra construyó un nido
de pajas en el interior de la casa, lejos de miradas indiscretas y calentito.
Con el vientre cada vez más grande, pasaban los días hasta que ocurrió el
acontecimiento y ciertamente lo fue. Comenzaba una nueva era.
Del vientre de su madre salieron
incontables criaturas, ciegas, sin pelo, numerosas y frágiles. Algunas
escapaban de vez en cuando, pero prontamente eran retornadas al hogar por su
vigilante madre. Poco a poco fueron creciendo, viendo y criando pelo. Entonces
pudieron contarse, eran 15 crías, la superpoblación se haría evidente. Ese era
su destino y a él caminaban. La madre, agresiva, impedía que por las buenas se
tocaran a las crías o a la jaula misma, sus dientes no eran cosa de broma. El
macho, por otra parte, seguía con su solitaria y tal vez feliz existencia.
Publicado originalmente en windows live spaces el 19-11-2007.
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