"Las circunstancias de su
existencia y de la vida enseñan al joven afridi a desconfiar de toda la
humanidad; con suma frecuencia sus parientes próximos, herederos de su pequeña
fortuna, son sus peores enemigos."
La fuerza de la vida era
poderosa en ellos, todos sobrevivieron.
En pocas semanas, fue necesario
separar a las crías por sexos, para evitar grandes desgracias, así pues los
hermanos se separaron. Partida la camada, muchos no volverían a tocarse, excepto
a través del espacio entre los barrotes de ambas jaulas. Los cuatro machos
fueron a vivir con su padre, quien los acogió con respeto pero con recelo. No
hubo violencias aquel día, no. Las hembras permanecerían con su madre y
tendrían que soportarse entre sí en la jaula donde habían nacido, 12 animales
había allí en total.
La vida pasaba tranquila para
los machos, que pronto aprendieron a convivir entre ellos. No ocurrió lo mismo
con así las hembras, que competían por la comida, por el poder y por la
atención de los machos. A la hora de comer sus apreciadas pipas quedaban
colgadas en procesión en los barrotes de la jaula, empujándose para conseguir
el manjar, que rápidamente almacenaban en sus carrillos. Luego, cuando tenían éstos
a reventar, se dirigían a un rincón y taimadamente comían las pipas una a una,
sin compartirlas con su madre o sus hermanas. Se aficionaron aún más a los
dulces y los palos, que dejaban mondos en pocas horas, no tanto con las
verduras y frutas, que comían con reticencia. De esta forma fueron ganando peso
y tamaño.
Dormían todos juntos en ambas
jaulas, tanto machos como hembras, formando una masa peluda y palpitante de
cuerpos. Tenían todos los mismos horarios. También crearon dos cagaderos y
meaderos en dos extremos de la jaula y puntualmente depositaban allí sus
desperdicios. A pesar de la limpieza, el olor persistía, al punto que la misma
habitación quedaba impregnaba.
El método para limpiarlos era
sencillo, mediante unos golpes secos en la jaula salían uno a uno para
introducirse en una vieja caja de zapatos, aprovechando entonces ese lapso de
tiempo para asear la jaula. Este método se hizo necesario, ya que los roedores
mordían al que intentaba cogerlos y su tamaño imponía respeto. Para hacerlos
salir de la caja de zapatos el procedimiento era el inverso, dar unos toques a
la caja, momento que ellos interpretaban como la señal para salir ordenadamente
uno detrás de otro, de vuelta a su limpio hogar, que no tardaba en ensuciarse
de nuevo.
Periódicamente se acercaban las
jaulas para que la familia pudiera reunirse y hablar, era entonces cuando los
congéneres de ambos sexos intercambiaban besos y caricias poco fraternales.
El acercamiento de las jaulas,
craso error, pues las hembras comenzaban entonces a excitarse y secretaban su
característico olor vaginal, el hedor era entonces inaguantable y había que
huir de la habitación, se quedaba pegado en la ropa y en el cuerpo, no salía
con nada. Al olor del sexo los machos se calentaban y solo podían calmarse
entre ellos con violencias físicas.
Un día por la mañana un macho
aparece muerto, se trata de uno de los hermanos. La causa de su muerte sigue
siendo una incógnita, pero se hizo bien en sacar el cadáver de la jaula, pues
su padre y sus hermanos, a pesar de estar bien alimentados, habían empezado a
roer su piel, causando pequeñas heridas. Se evitó el acto de profanación con el
levantamiento del cadáver y la normalidad volvió a las jaulas.
Fue luego cuando dos hámster
hermanos fueron seleccionados para consumar sus deseos carnales entre ellos,
cometiendo incesto y buscando con su fruto de hijos una tercera generación.
Publicado originalmente en windows live spaces el 9-11-2007 a las 22:03.
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