"Árbol que nace torcido,
jamás su tronco endereza"
Fueron puestos los hermanos en
una jaula destinada a tal fin y pronto dieron rienda suelta a sus instintos,
nada había cambiado desde la última vez. Muchas veces lo hicieron y mucha
envidia provocaron a sus parientes.
Cuando pasaron los días y
cópulas suficientes como para asegurar que la hermana había quedado preñada, el
macho fue separado de su familiar, su presencia no era necesaria y regresó a la
jaula de la que había salido con su padre y sus hermanos.
Poco tiempo había pasado desde
que los abandonó y no le guardaban ningún cariño, no había apego en su actitud.
Más le valía que hubiera atesorado esos pocos momentos de placer y romance,
porque a su vuelta le esperaba una lección, administrada por sus familiares.
Tal vez por el olor a hembra o por la envidia que guardaban hacia su persona,
los machos decidieron darle una paliza y violarle. Después de una lucha
desigual, el aterrorizado Romeo se encaramó hacia la parte más alta de la
jaula, paralizado de miedo, lleno de heridas y soltando sus esfínteres. Al
menor intento que hacía de bajar o resbalaba, los verdugos, que estaban al
acecho, volvían a la carga. De esta guisa pasó toda la noche aterrorizado. La
lección fue cumplida.
Como antes había pasado, nació
una nueva camada, esta vez eran pocos, solamente nueve. Ya desde su más tierna
infancia demostraron un carácter libertario y aventurero, al intentar escapar
constantemente de la jaula. Por su tamaño podían atravesar los huecos entre
barrotes, así que varias ideas se adoptaron para protegerlos de sí mismos. La
medida que finalmente se adoptó fue el cubrir dicha jaula con una malla de
cuerda, no dejando espacio al paso de sus juveniles cuerpos.
La madre, tan pronto como sus
crías fueron lo bastante mayores para sobrevivir por su cuenta, fue devuelta a
la jaula de las hembras, esta vez sin violencias. Las crías crecían y pronto
atrajeron la tención del Amigo de Goma, cuya identidad no será revelada para
garantizar su protección, que decidió quedarse con dos crías, liberando la
superpoblación que ya era evidente. Con recelos, dos crías fueron regaladas y a
su suerte quedaron. El propio Goma se interesó por otra, pero el asunto no se
formalizó.
Así pasaron los días, pero antes
de poder ser lo suficientemente grandes para separarlos, el destino les
alcanzó.
Royendo con saña una de las
cuerdas que les protegían, quién sabe si buscando su propia destrucción, los
animales quedaron libres en la terraza. Nadie vio sus movimientos ni quedaron
registradas sus imágenes. Fuera, decenas de metros más abajo, yacían los
cuerpos aplastados de seis roedores, algunos sobre el sucio asfalto, otros
sobre los coches de moda, símbolos de la vanidad de sus dueños, ya para siempre
manchados de sangre, algunos de abolladuras. Pequeños se veían sus cuerpos
sobre la altura, como pequeña había sido su vida e inteligencia. Seis fueron
los cuerpos divisados como pequeñas manchas doradas y marrones, uno el desaparecido,
cuyo cuerpo jamás fue encontrado.
Así terminó la última generación
de roedores. Sus ancestros aún continuaban, pero su destino, el de todos ellos,
ya estaba sellado.
Publicado originalmente en windows live spaces el 9-11-2007.
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