10.19.2010

Tales of rodents 3.

Tales of rodents 3. Original sin.

"Árbol que nace torcido, jamás su tronco endereza"

Fueron puestos los hermanos en una jaula destinada a tal fin y pronto dieron rienda suelta a sus instintos, nada había cambiado desde la última vez. Muchas veces lo hicieron y mucha envidia provocaron a sus parientes.
Cuando pasaron los días y cópulas suficientes como para asegurar que la hermana había quedado preñada, el macho fue separado de su familiar, su presencia no era necesaria y regresó a la jaula de la que había salido con su padre y sus hermanos.

Poco tiempo había pasado desde que los abandonó y no le guardaban ningún cariño, no había apego en su actitud. Más le valía que hubiera atesorado esos pocos momentos de placer y romance, porque a su vuelta le esperaba una lección, administrada por sus familiares. Tal vez por el olor a hembra o por la envidia que guardaban hacia su persona, los machos decidieron darle una paliza y violarle. Después de una lucha desigual, el aterrorizado Romeo se encaramó hacia la parte más alta de la jaula, paralizado de miedo, lleno de heridas y soltando sus esfínteres. Al menor intento que hacía de bajar o resbalaba, los verdugos, que estaban al acecho, volvían a la carga. De esta guisa pasó toda la noche aterrorizado. La lección fue cumplida.

Como antes había pasado, nació una nueva camada, esta vez eran pocos, solamente nueve. Ya desde su más tierna infancia demostraron un carácter libertario y aventurero, al intentar escapar constantemente de la jaula. Por su tamaño podían atravesar los huecos entre barrotes, así que varias ideas se adoptaron para protegerlos de sí mismos. La medida que finalmente se adoptó fue el cubrir dicha jaula con una malla de cuerda, no dejando espacio al paso de sus juveniles cuerpos.

La madre, tan pronto como sus crías fueron lo bastante mayores para sobrevivir por su cuenta, fue devuelta a la jaula de las hembras, esta vez sin violencias. Las crías crecían y pronto atrajeron la tención del Amigo de Goma, cuya identidad no será revelada para garantizar su protección, que decidió quedarse con dos crías, liberando la superpoblación que ya era evidente. Con recelos, dos crías fueron regaladas y a su suerte quedaron. El propio Goma se interesó por otra, pero el asunto no se formalizó.

Así pasaron los días, pero antes de poder ser lo suficientemente grandes para separarlos, el destino les alcanzó.

Royendo con saña una de las cuerdas que les protegían, quién sabe si buscando su propia destrucción, los animales quedaron libres en la terraza. Nadie vio sus movimientos ni quedaron registradas sus imágenes. Fuera, decenas de metros más abajo, yacían los cuerpos aplastados de seis roedores, algunos sobre el sucio asfalto, otros sobre los coches de moda, símbolos de la vanidad de sus dueños, ya para siempre manchados de sangre, algunos de abolladuras. Pequeños se veían sus cuerpos sobre la altura, como pequeña había sido su vida e inteligencia. Seis fueron los cuerpos divisados como pequeñas manchas doradas y marrones, uno el desaparecido, cuyo cuerpo jamás fue encontrado.


Así terminó la última generación de roedores. Sus ancestros aún continuaban, pero su destino, el de todos ellos, ya estaba sellado.

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