Primera época, 1988-1991
Qué decir de la primera época, la
más entrañable de todas.
Una extraña máquina negra, de mecanismos
incomprensibles para mí, funcionamiento aún más distante. Toda negra a
excepción de un lateral, en donde aparecían grabados los colores del arco iris.
Rara vez se mostraba en el salón, pero cuando lo hacía revolucionaba su
entorno.
Aquella extraña máquina se
conectaba a la televisión mediante intrigantes cables y a partir de entonces
comenzaba un proceso largo y tedioso: la carga de los programas. A mí me
parecían 20 minutos, un proceso largo, aburrido hasta la extenuación, tedioso e
inevitable. También curioso, si no se había visto antes. En la pantalla del
televisor aparecían una serie de imágenes (líneas tanto horizontales como
verticales) con los más variopintos colores: azul, rojo, violeta, naranja,
blanco... Los sonidos también tenían su gracia, una sucesión interminable de
pitos en el salón.
Si, ciertamente la carga de los
programas era lo peor, una eternidad. O al menos eso me parecía a mí, por aquel entonces yo tenía una percepción distinta de tiempo y éste
pasaba más despacio que actualmente.
Tanto juegos como programas estaban
grabados en cintas de cassette, que eran introducidos por la abertura central
de la máquina.
Algunos nunca los vi en funcionamiento,
estaban rotos ya en aquel tiempo, de otros me acordaré el resto de mi vida.
Hundir la flota: El clásico de todos, una
carátula espectacular, solemne, el juego en si nada tiene de especial, de los
gráficos mejor no hablar.
Enduro: El único, mítico, siempre en mis
pensamientos. La carrera interminable, luchando contra tus propias fuerzas más
que contra los adversarios. Réplicas del coche fantástico, ni malvadas ni
bondadosas, indiferentes al jugador, humillándote, pasándote inmisericordes a
cada fallo cometido.
El tiempo y la meteorología cambian sin
cesar, proporcionando más emoción que cualquier juego actual de conducción. Sus
paisajes, variando con el momento del día, de una increíble belleza, teniendo
el placer de ver amanecer entre las montañas, mientras luchas sin fin por
sobrevivir.
Desde la belleza de los atardeceres hasta
los peligros tenebrosos de la niebla, siempre en mi recuerdo.
Pedro: Más divertido que la mayoría de
juegos actuales. Un granjero tiene que salvar sus cosechas del ataque salvaje
de monstruosos insectos gigantes con hambrientas intenciones.
Cuántos otros más, almacenados al frescor
de la sierra madrileña, de cuyos nombres no puedo acordarme, aquel hombrecillo
que recorría temeroso filas de vehículos, cada vez más arriba hasta que
invariablemente era alcanzado por alguno y caía al suelo de forma vergonzante.
Cuántos más.
Era por las tardes cuando cobraban vida,
tardes de otoño e invierno en las que anochecía rápido, como en estos momentos.
Veías el día marcharse, las luces de los vecinos aparecer mientras el juego se
cargaba. Fachadas y tejados, testigos mudos de aquel periodo.
Tiempo después descubrí que mi prima
poseía también una consola y algunos juegos, aunque solamente jugué a uno de ellos:
Game Over.
Como arcade no aportaba nada nuevo;
su carátula es ciertamente lo mejor, dibujada por el famoso Royo. En
aquellos tiempos una cosa eran los dibujos de las portadas y otra muy distinta
los gráficos del juego. Sí, jugué con el en mañanas claras, soleadas, llenas de
luz blanca en el antiguo salón de mis tíos, también en mi casa, aunque una sola
vez. Estos fueron los primeros tiempos.
Publicado en windows live spaces el 19-01-2008.
ResponderEliminar