10.19.2010

VG1 Spectrum.

VG 1: Spectrum

Primera época, 1988-1991
Qué decir de la primera época, la más entrañable de todas.

Una extraña máquina negra, de mecanismos incomprensibles para mí, funcionamiento aún más distante. Toda negra a excepción de un lateral, en donde aparecían grabados los colores del arco iris. Rara vez se mostraba en el salón, pero cuando lo hacía revolucionaba su entorno.

Aquella extraña máquina se conectaba a la televisión mediante intrigantes cables y a partir de entonces comenzaba un proceso largo y tedioso: la carga de los programas. A mí me parecían 20 minutos, un proceso largo, aburrido hasta la extenuación, tedioso e inevitable. También curioso, si no se había visto antes. En la pantalla del televisor aparecían una serie de imágenes (líneas tanto horizontales como verticales) con los más variopintos colores: azul, rojo, violeta, naranja, blanco... Los sonidos también tenían su gracia, una sucesión interminable de pitos en el salón.
Si, ciertamente la carga de los programas era lo peor, una eternidad. O al menos eso me parecía a mí, por aquel entonces yo tenía una percepción distinta de tiempo y éste pasaba más despacio que actualmente.

Tanto juegos como programas estaban grabados en cintas de cassette, que eran introducidos por la abertura central de la máquina.
Algunos nunca los vi en funcionamiento, estaban rotos ya en aquel tiempo, de otros me acordaré el resto de mi vida.

Hundir la flota: El clásico de todos, una carátula espectacular, solemne, el juego en si nada tiene de especial, de los gráficos mejor no hablar.

Enduro: El único, mítico, siempre en mis pensamientos. La carrera interminable, luchando contra tus propias fuerzas más que contra los adversarios. Réplicas del coche fantástico, ni malvadas ni bondadosas, indiferentes al jugador, humillándote, pasándote inmisericordes a cada fallo cometido.
El tiempo y la meteorología cambian sin cesar, proporcionando más emoción que cualquier juego actual de conducción. Sus paisajes, variando con el momento del día, de una increíble belleza, teniendo el placer de ver amanecer entre las montañas, mientras luchas sin fin por sobrevivir.
Desde la belleza de los atardeceres hasta los peligros tenebrosos de la niebla, siempre en mi recuerdo.

Pedro: Más divertido que la mayoría de juegos actuales. Un granjero tiene que salvar sus cosechas del ataque salvaje de monstruosos insectos gigantes con hambrientas intenciones.

Cuántos otros más, almacenados al frescor de la sierra madrileña, de cuyos nombres no puedo acordarme, aquel hombrecillo que recorría temeroso filas de vehículos, cada vez más arriba hasta que invariablemente era alcanzado por alguno y caía al suelo de forma vergonzante. Cuántos más.

Era por las tardes cuando cobraban vida, tardes de otoño e invierno en las que anochecía rápido, como en estos momentos. Veías el día marcharse, las luces de los vecinos aparecer mientras el juego se cargaba. Fachadas y tejados, testigos mudos de aquel periodo.

Tiempo después descubrí que mi prima poseía también una consola y algunos juegos, aunque solamente jugué a uno de ellos: Game Over.

Como arcade no aportaba nada nuevo; su carátula es ciertamente lo mejor, dibujada por el famoso Royo. En aquellos tiempos una cosa eran los dibujos de las portadas y otra muy distinta los gráficos del juego. Sí, jugué con el en mañanas claras, soleadas, llenas de luz blanca en el antiguo salón de mis tíos, también en mi casa, aunque una sola vez. Estos fueron los primeros tiempos.

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