Cada año a principios de Mayo, la Facultad se ve invadida
por una tormenta de vilanos plumosos que penetran por todos sus recovecos sin
piedad. Entran sin pedir permiso de forma furtiva y se meten hasta en la
cocina. Se trata de las semillas del chopo o álamo, unas semillas pequeñas,
insignificantes, ocultas entre una envoltura de plumón blanco y sedoso. Surgen
de la nada y movidas al azar del viento flotan graciosamente hasta posarse en
todos los lugares posibles, resultando en ocasiones persistentes y tozudas
en su empeño por viajar.
Se acumulan en las escaleras, en el suelo, en los bancos,
entre la ropa y llegan a formar grandes concentraciones que se desplazan como
si tras un cierto número adquirieran vida propia, deseando incorporar a más de
su especie para adquirir volumen. Son nieve viviente, una granizada cansada
y una de las escenas más hermosas de la primavera.
Sin prisas, caen de forma continua desde las alturas
de su árbol cuna durante días, ante la indiferencia de la mayoría de los
humanos, que tan solo se percatan de su existencia cuando un blanco vendaval
les impide su holgazaneo diario. Sin prisas también caen al suelo, levitando por
el camino. Y allí permanecen hasta que el caprichoso viento les vuelva a enviar
a un viaje celeste. Prácticamente ninguna tiene posibilidades de convertirse en
una planta del porte de su progenitor, su destino es desaparecer fugazmente
como una ilusión. Y así, tras varios días de completa hegemonía, una breve
llovizna limpia los paisajes de su presencia, en un silencioso adiós.
Suave manto de blanco algodón, efímero y libre.
Publicado originalmente en windows live spaces el 08-05-2009.
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